Obituario

El sonido del arte verdadero

Samuel González Casado
martes, 5 de septiembre de 2006
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Parece mentira, pero así es la realidad: ha muerto otra grande. Vaya temporada que llevamos: se nos ha ido marchando, con un goteo doloroso e inapelable, toda esa generación considerada parte de la segunda 'Edad de Oro' del canto wagneriano. Si nos paramos a pensarlo, es normal que vayan abandonándonos y -tomándonos el asunto por el lado positivo- podría decirse que es casi motivo de alegría que se nos vayan siempre a avanzadas edades: Hotter, Mödl, Schwarzkopf, y ahora Varnay, desaparecen después de vida larga y, ante todo, fructífera. De ellos partió el oro que da nombre a esa segunda época imborrable de la interpretación del repertorio germano, centrada ante todo en un pequeño pueblo bávaro. Porque al Met ya había llegado Rudolf Bing, que se encargaría de despedir a las máximas estrellas de este repertorio, Melchior y Traubel. El testigo lo recogía, así, Europa. Y nadie mejor que Varnay como ejemplo claro de ese traspaso de poderes; porque el testigo, realmente, fue ella.

Porque Varnay nació en Europa, vivió en Buenos Aires y empezó a cantar en el Met profesionalmente cuando, precisamente, Europa vivía, a la par que Nueva York y Buenos Aires, su correspondiente 'Edad de Oro', en nuestro Viejo Continente centrada, como ocurriría con la segunda, en la Verde Colina. Pero era un oro rojizo, y no precisamente porque fuera de mala calidad. Ustedes me entienden. Efectivamente, en los años en que Müller, Völker, Manowarda, Bockelmann, Leider triunfaban en Bayreuth, una jovencísima Astrid Varnay daba sus primeros pasos, aunque... madre mía, qué pasos: como ella misma ha afirmado, se trasladó directamente de los estudios de canto al Metropolitan. En una increíble representación de Die Walküre, preservada en disco, la jovencísima Astrid tuvo que sustituir a Lotte Lehmann, que canceló por un resfriado, en el papel de 'Sieglinde', a la vez que Helen Traubel debutaba con el de 'Brünnhilde'1. Si a estos nombres les sumamos los de Melchior, Kipnis, Schorr y Thorborg, uno puede imaginarse el resultado y emocionarse casi sin haberlo escuchado, porque esos apellidos son música en sí mismos.

Varnay, pues, fue protagonista privilegiada de estos infelices años 40, sobre todo después de la espantada de Flagstad2 hacia Noruega para poder estar con su marido3, empresario sobre el que después recaerían sospechas de colaboracionismo. Por aquel entonces, la sueca tenía una voz más apropiada para papeles más ligeros como 'Elsa' o el tradicionalmente delicado y “femenino”4 de la abnegada 'Sieglinde', que bordaba, imprimiéndole un dramatismo extraordinario. Su grabación de 'Elsa', también en directo, junto al Melchior, es un verdadero portento, aunque ya se viera que, por color y carácter, le iban a venir mucho mejor otros papeles, entre los que no saldrían mal parados los del repertorio italiano ('Santuzza', 'Lady Macbeth') o straussiano (sobre todo 'Electra' y 'Klytämnestra'5, algunas de sus máxima creaciones).

El salto a Europa se produjo a principios de los cincuenta, de forma casi tan espectacular como lo había sido su debut en Nueva York: Wieland Wagner, ante la negativa de la ya madura Flagstad6 para cantar en su festival, recurrió a Astrid simplemente de oídas, confiando en testimonios de conocidos que habían tenido ocasión de contemplar su arte in situ, por lo que Varnay ha pasado a la historia como la única cantante que no hizo las correspondientes pruebas para cantar en Bayreuth. Con monstruos como Greindl, Hotter, Windgassen, Frick, Madeira, Knappertsbusch (al que idolatraba), nuestra protagonista formó esa segunda 'Edad de Oro' del canto wagneriano de la que hablábamos al principio de este comentario. Ya con técnicas de grabación más modernas —y eso que ella pisó poco los estudios de grabación por líos contractuales—, su arte quedó plasmado con esplendor inconmensurable. Su 'Senta' con Knappertsbusch o Keilberth7 o sus 'Brünnhilde' son hitos en la historia de la fonografía. Diecisiete años de colaboración ininterrumpida con el festival lo dicen todo. Mucho se ha hablado de esta etapa y, por ello, aquí sólo hacemos recordatorio de ella, más que nada porque lo suyo es experimentarla en un buen equipo de música.

Mientras Astrid triunfaba en Europa, por desavenencias con el difícil Rudolf Bing decidió abandonar definitivamente Estados Unidos e instalarse en su continente natal, lo cual también coincidió con la muerte de su marido. Es justo la época (1955) de la madurez dorada de la soprano, cuando técnica, juventud y capacidad dramática coincidieron gloriosamente. Sin embargo, y aunque en los 40 y primeros 50 es muy difícil que nadie le ponga peros, no todo el mundo admira la técnica de emisión de Varnay, algo artificiosa para algunos, aunque tampoco han sabido explicar muy bien por qué; también se le ha criticado en ocasiones la falta de adecuación a algunos papeles, como el de 'Salomé', ópera que grabó completa dirigida por Weigert, o la 'Mariscala', de la que se conservan unos extractos —hasta lo que a mí se me alcanza— dirigidos por Reiner.

Sí es cierto que la bella y enorme voz suena casi siempre con trazas de entubamiento, de cierto estrechamiento del canal, y probablemente exceso de presión del aire; pero también es cierto que la tesitura estaba equilibradísima8 y los resonadores eran muy ortodoxamente utilizados; por no hablar de una línea de canto imaginativa y un dramatismo y comprensión del personaje de hondura y fuerza indiscutibles. Los que le critican falta de naturalidad en su sonido justifican su relativamente temprano declive en el agudo por este motivo, y probablemente no les faltará razón9. De todas formas, la soprano supo aprovechar el buen estado de su zona media y grave para prolongar una muy interesante carrera como mezzo, mucho mejor de lo que cabría esperarse en este tipo de cambios de cuerda obligados, que tantas intentan y que tan pocas consiguen satisfactoriamente.

En fin, valga esta pequeña semblanza para recordar a la última de la grandes, protagonista de aquel Metropolitan y de aquel Bayreuth que fueron dos cimas en el siglo XX que ella escaló sin dificultad. Si se me permite la personalización de quien teclea estas líneas, debo decir que, haciendo un símil con la magna obra wagneriana, siempre he hablado de otra tetralogía, que es aquella que formaron Flagstad, Traubel, Varnay y Nilsson. Las dos últimas, que contaban con la misma edad, pertenecieron, por azares del tiempo, a generaciones distintas de cantantes10. Con Varnay se nos va la única superviviente de ese cuarteto de sopranos dramáticas incontestables, de esa razón de aficiones, placeres, llantos, emociones, asombros, sonrisas, vida. Y lo mejor de todo es que nos lo seguirá entregando, porque los que la amamos llevamos dentro no sólo la expresión de su figura, sino todo lo que ella significó.

Gracias a la soprano de los ojos violetas por hacernos sentir, para siempre, el sonido del arte verdadero.

Notas

Poco después Traubel cancelaría una de las representaciones, y pueden imaginarse a quién le tocó sustituirla... Pero Varnay estaba preparada: se había estudiado a fondo los papeles de Wagner en 18 meses.

Flagstad fue siempre el ídolo de Varnay. Ella cuenta en sus memorias, con mucha gracia, cómo fue su primer contacto con la noruega: su madre, soprano de coloratura afincada durante unos años en Cristianía, no tenía con quien dejar a su bebé durante las horas de trabajo, pero “un día se le ocurrió una idea: ¿por qué no fabricar una pequeña cuna en uno de los cajones del tocador de su camerino? Desgraciadamente, el más bajo de los cajones era algo alto para la seguridad del bebé, por lo que, poco antes de una representación de Un Ballo in Maschera, mi madre envolvió a la niña, y las dos nos fuimos al camerino de al lado, donde la soprano que había sido contratada como Amelia estaba preparándose para salir a escena. Resultó que la señora tenía un cajón lo suficientemente cercano al suelo como para que no me hiciera ningún daño en caso de caída, y las dos sopranos procedieron a introducirme en la cuna (...) Yo era tan sólo un renacuajo por entonces. Fue mi primer encuentro con Kirsten Flagstad”.

Haciendo balance de su vida, la gran soprano se quejó de haber pasado sus mejores años vocales en casa haciendo calceta, sin teatro donde cantar.

La tesitura, empero, es muy parecida a la de 'Brünnhilde', pero se suele emplear una soprano más lírica para una conveniente diferenciación de caracteres. Sin embargo, antiguamente este papel podían afrontarlo perfectamente sopranos de mayor poderío. Hace poco, un amigo se asombraba de la voz de Marjorie Lawrence cantando en directo 'Der Männer Sippe'. Hoy emplear sopranos dramáticas, no sólo en el papel de 'Sieglinde', sino en cualquier papel, está en desuso.

Recordamos y recomendamos encarecidamente aquí el vídeo de Götz Friedrich, dirigido musicalmente por Karl Böhm, donde una madura Varnay asombra con el repulsivo y enjundioso personaje.

Flagstad fue también el modelo canoro de Varnay, lo que se hace reconocible en el estilo, muy parecido, por ejemplo, en la forma de atacar ciertas notas, con pequeños 'portamenti' muy característicos, que las dos hicieron de forma muy elegante. Otras voces pesadas, como por ejemplo Anny Konetzni, también emplearon esta forma de mover la voz, si bien el estilo de las dos nórdicas suena inmediatamente reconocible.

Esta versión, remasterizada en estéreo, acaba de salir y ha sido lanzada a bombo y platillo por Golden Melodram. No es para menos. Y la desgraciada casualidad de la muerte de la protagonista la convierte, si cabe, en más oportuna.

Algo que no ocurría, por ejemplo, con Birgit Nilsson, de graves descoloridos, aunque fuera campeona indiscutible por arriba.

Algunas notas agudas de su última 'Brünnhilde' con Knappertsbusch suenan ya abiertas y fijas. Pero poco más, realmente.

Es conocido y muy repetido que Nilsson le dijo una vez a Varnay algo así como “mientras tu triunfabas en el Met, yo seguía sembrando patatas en Suecia”.

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