Holanda

Taruskin, al contrario que Nostradamus, tenía razón

Luis Gago

miércoles, 13 de septiembre de 2006
Utrecht, domingo, 27 de agosto de 2006. Vredenburg. Claudio Monteverdi: Ballo delle ingrate. L’Arpeggiata. Dir.: Christina Pluhar. Festival de Música Antigua de Utrecht. Ocupación: 98%

Una de las primeras cosas en que reparará el viajero que llegue estos días a Utrecht es en la música que toca cada cuarto de hora el sofisticado carillón de la catedral, cuya torre es, con mucho, la construcción más alta de la ciudad y, por tanto, visible casi desde cada calle. Quien preste cierta atención reparará en que las músicas varían cada cuarto de hora, pero sólo el visitante extremadamente culto sería capaz de identificarlas. A las horas en punto suena un fragmento de Bacchus, Ceres en Venus, de Johan Schenck, la primera composición holandesa que contiene un lenguaje netamente operístico; a los cuartos suena el tema de una sonata de Marco Uccellini; a las medias, la Gagliarda undecima de Martino Presenti; y a los tres cuartos una breve melodía de Risposta della finestra de Constantijn Huygens. La explicación viene dada por el hecho de que el tema central de esta vigesimoquinta edición sea Le nueve musiche: el Seicento en Italia. En consecuencia, el italiano es, desde que se inauguró el festival por todo lo alto el pasado día 24 con una moderna recuperación de la ópera L’Ipermestra de Francesco Cavalli, el segundo idioma más hablado en Utrecht después del holandés.

Curiosamente, y a pesar del título, sólo se ha programado un concierto dedicado monográficamente a Claudio Monteverdi. Lo protagonizaba uno de los grupos de moda, el multinacional L’Arpeggiata dirigido por Christina Pluhar. Bajo el título general Ballo delle ingrate, contenía una selección de madrigales y fragmentos operísticos del genio italiano. De Pluhar se puede esperar cualquier cosa excepto una aproximación convencional al repertorio que aborda, como sabrán quienes conozcan su discografía para el sello francés Alpha, pero en esta ocasión ha llevado quizá las cosas demasiado lejos.

Afirmaba el musicólogo estadounidense Richard Taruskin (sí, el mismo que publicó hace un par de años, él solito, una historia de la música occidental en seis gruesos volúmenes para Oxford University Press) en su controvertida colección de ensayos Text & Act que la supuesta autenticidad que persigue el movimiento interpretativo historicista es, dicho con claridad, una patraña, ya que sus maneras son hijas irrenunciables del gusto y las modas contemporáneas: del siglo XX cuando él escribía (el libro apareció en 1996), del siglo XXI ahora. A Taruskin le llovieron respuestas airadas pero -afortunada o desgraciadamente, según quien juzgue- el tiempo, y conciertos como el que aquí se reseña, están dándole la razón.

De entrada, Pluhar se apartó de la presentación habitual de un concierto al uso y nos ofreció -no es fácil encontrar una denominación mejor para definirlo- un medley con piezas de Monteverdi. Sí, un medley: aquello no podía calificarse de otra cosa. Enlazando una pieza tras otra sin ninguna pausa, atacando el acorde inicial mientras aún estaba apagándose el conclusivo de la pieza anterior, cogiendo un trocito de L’Orfeo por aquí y otro de L’incoronazione di Poppea por allá, intercalando alguna que otra pieza instrumental, el concierto avanzaba desenfrenadamente antes de que el oyente cogiera resuello para poder asimilar y degustar cada una de las piezas. Los instrumentistas, con la tropa de continuo habitual en los últimos tiempos, permanecían en escena en todo momento, pero los cantantes aparecían por sorpresa de uno y otro lado del escenario según iba requiriéndose su participación. Antes del concierto, muchos nos las prometíamos muy felices al ver en el programa el 'Lamento della ninfa' del Octavo Libro de madrigales de Monteverdi: se han escrito pocas músicas más hermosas. Pluhar, sin embargo, muy en línea con ese enfoque posmoderno y contemporáneo denunciado por Taruskin, decidió privarnos de la maravillosa introducción de los pastores y, por supuesto, también de la conclusión del madrigal, que aquí quedó reducido al lamento propiamente dicho, cantado correcta pero asépticamente por Nuria Rial, la única presencia española en este festival. El lamento es, claro, el eje de la pieza, y su presencia es necesaria, pero no suficiente.

Las sorpresas no habían hecho más que empezar. El concierto avanzaba con cierto desorden con respecto a lo anunciado, hasta el punto de que podría aplicarse aquello de que cualquier parecido con lo que figuraba en el programa impreso era pura coincidencia. El público se afanaba en buscar los textos correspondientes en el programa de mano, casi siempre sin éxito: no sólo variaba el orden, sino que algunas piezas desaparecían y surgían otras no anunciadas en su lugar. Le llegó por fin el turno al infrecuente 'Ohimè, ch’io cado', del Noveno Libro de Madrigales. Lo cantaba un intérprete excepcional, y justamente famoso a pesar de su juventud: el contratenor francés Philippe Jaroussky. Todo más o menos normal hasta que, allá por la cuarta estrofa, salió despedida una armonía inusual -y no precisamente del Seicento- del clave que tocaba Francesco Turrisi. Caras de sorpresa.

Poco después se despejan las dudas: el cornetista Doron Sherwin -otro intérprete prodigioso- empieza a improvisar con desparpajo pequeños solos con inequívocos aromas jazzísticos. Jaroussky se une al juego -perfectamente urdido- y se lanza también a cantar ex tempore, sin abandonar su voz de contratenor, por supuesto, como si de un standard de Broadway se tratara. Sherwin y Jaroussky sonríen: son tan buenos que pueden interpretar 'Ohimè, ch’io cado' a ritmo de swing o, puestos a ello, como un pasodoble. Sus guiños de complicidad se cruzan con gritos de júbilo de algún miembro del público. Palmas. Éxtasis.

Al acabar el madrigal, o su deconstrucción, estalló una salva de aplausos y, a partir de ahí, entrega absoluta. Al final, por supuesto, 'Ohimè, ch’io cado' se repitió como propina, con idéntico o mayor éxito. Estaban en la sala varios musicólogos que habían participado esos días en el habitual congreso que tiene lugar en Utrecht sobre el tema central del festival, elocuentemente titulado en esta ocasión Viaggio in Italia. No eran cualesquiera: Margaret Murata, Dinko Fabris, Wendy Heller o Iain Fenlon entre ellos, primeras espadas de su especialidad, llegados de California, Potenza, Princeton o Cambridge. El último había disertado esa misma mañana sobre el Ballo delle ingrate, incidiendo en su componente danzable y ahondando en su dimensión espacial original, y no había puesto ningún ejemplo musical porque, decía, “ya vamos a escuchar la música en el concierto de esta tarde”. No sabía lo que se avecinaba. Uno de ellos comentaba después del concierto que, ante semejante clamor del público, cualquier intento de hacerse oír es en vano. El público manda. Algo parecido pasó aquí mismo hace dos años cuando, también Christina Pluhar, insertó un bolero [sic], cantado en español, en plena Rappresentatione di Anima, et di Corpo de Francesco de’ Cavalieri. Llovieron los bravos y las exclamaciones jubilosas.

Ningún concierto -y los ha habido excelentes- ha obtenido hasta ahora un éxito semejante, exceptuado otro que se comentará en una crónica posterior dentro de un festival que, en esta edición de aniversario, suscita numerosas reflexiones, y que, significativamente, también ha tenido poco que ver con eso que llamamos “música antigua”. Richard Taruskin, al contrario que Nostradamus, tenía razón.

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