Discos

Ondas y texturas del cosmos

Paco Yáñez
jueves, 28 de septiembre de 2006
Iannis Xenakis: Synaphaï; Aroura; Antikhthon. Geoffrey Douglas Madge, piano. New Philharmonia Orchestra. Elgar Howarth, director. James Mallinson, productor. Stanley Goodall, ingeniero de sonido. Un CD ADD de 43:10 minutos de duración grabado en el Kingsway Hall de Londres en noviembre de 1976. Explore EXP0017. Distribuidor en España: Gaudisc
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Proseguimos el descubrimiento del catálogo del sello Explore, en esta ocasión con un CD dedicado al griego Iannis Xenakis (Braïla, Rumania, 1922 - Paris, 2001), publicado en su día como vinilo en la serie Decca HEAD, y que reune tres importantes obras de final de los sesenta y comienzo de los setenta: Synaphaï, Aroura y Antikhthon.

Synaphaï (1969) es un torrente mantenido de sonido, un aluvión incesante de notas que emergen por doquier en orquesta y piano, y que parecen buscar un magma sonoro iridiscente que se alimenta con apariciones ondulantes, como si este continuo formara olas o capas sucesivas. En este universo complejo, el piano funciona como un elemento centelleante, percutivo, de carácter mágico, produciendo la ilusión de ser más de un solista el que está sonando en este “concierto”, primero de los compuestos por Xenakis. De hecho, podemos hablar de unos requerimientos sobrehumanos en Synaphaï en lo que al piano se refiere, pues el pianista debe afrontar varios pentagramas simultáneos, algo que llega a elevarse a un total de 16 líneas melódicas, ante lo cual Xenakis indica en la partitura que el solista “tocará las líneas si puede”.

El propio Xenakis habla de Synaphaï como un “desarrollo rítmicamente puro, en diferentes niveles de tono, timbre, color y ritmo”, destacando así los parámetros que el griego explora y explota para dar forma a estas onduladas formas sonoras de inspiración arquitectónica, pues en estas modulaciones, en el terreno de la física, había ya trabajado Xenakis con su maestro, el francés Le Corbusier. La obra es técnicamente complejísima, y a través de una escritura por momentos microtonal y de la superposición de capas de sonido, lo que en principio parecen particelas bastante estáticas, acaba cobrando una vida conjunta muy dinámica, con continuos accelerandi y ralentandi, anticipándose a la técnica “arborescente” que sistematizará más tarde en Evryali (1973). Todo ello con una disposición de la orquesta en cuatro grupos, con sonidos multifocales, bastante complejos de captar en una grabación discográfica.

En cuanto a la versión, una de las primeras de la obra, hemos de decir que a día de hoy se nos antoja algo tosca si la comparamos con la de Hiroaki Ooï y Arturo Tamayo para Timpani (1C1068), la más lograda hasta el momento. El madrileño consigue extraer de todas las secciones un refinamiento técnico que no alcanza Howarth, por otra parte menos conocedor del lenguaje xenakiano que Tamayo, autoridad mundial en la materia a día de hoy. Una comparación de los minutajes 4:00-5:00 (Timpani) y 3:08-3:51 (Explore) resulta muy clarificadora, por cuanto el continuo metales-madera-piano-cuerda está mucho más detallado y perfecto en la versión de Tamayo. Aunque se agradece el timbre de algunos instrumentos de la orquesta londinense, ésta parece no encontrar el estilo adecuado, y alguna sección, como las maderas, prácticamente está ausente.

La labor del australiano Geoffrey Douglas Madge al piano -reputado especialista en la música de Xenakis, y alabado por el propio compositor- se me antoja, en este concierto, inferior a la de Ooï, cuya interpretación de Synaphaï es un modelo de entendimiento y perfección técnica, llegando prácticamente a cubrir toda la partitura (esfuerzo que, al parecer, le hizo sangrar por los dedos en los ensayos del CD de Timpani, que tuvo que retrasar la grabación de los solos de piano un mes por las lesiones que Ooï se causaba en los larguísimos ensayos -hasta 7 horas-). La impresión de desdoblamiento que produce su técnica pianística, el cuerpo y volumen que despliega el japonés no lo logra Madge, que queda en un segundo plano ante la masa de sonido que emerge de la orquesta, por otra parte no demasiado bien matizada y planificada en esta versión (algo apresurada por momentos, con una duración de 11:52 frente a los 16:26 de Tamayo), sin la claridad que Xenakis precisa para comprender el todo y sus partes.

Aroura (1971) nos muestra al Xenakis más estructural, al arquitecto que siempre llevó dentro. Obra para 12 cuerdas, Aroura analiza el concepto de textura en el campo sonoro, con su creación a partir de fenómenos musicales, ya sean glissandi, col legno, accelerandi... Su interacción, de acuerdo con reglas trazadas por el compositor, crea una entidad perceptiva superior; la textura, aquí mostrada inicialmente en bloques independientes, separados por silencios, que a medida que avanza la obra comienzan a interactuar, creando una superestructura mucho más compleja. Para el desarrollo de esta obra Xenakis se apoyó en medios informáticos, ya en 1971.

La versión de Aroura que nos propone Howarth es bastante notable, al contar con una refinada sección de cuerda, y ser más sencilla de construir que las obras orquestales que la acompañan. Encontramos por momentos muy bellos timbres y contundencia sonora, si bien a nivel técnico y estilístico es preferible la versión del Ensemble Resonanz para Mode (152), un prodigio de interpretación como este año ya referimos aquí mismo.

Antikhthon (1971) fue compuesta a petición de George Balanchine para el NY City Ballet. La obra pretende representar en música la cosmografía de los pitagóricos de los siglos VI y V a.C., para lo cual Xenakis crea, según él mismo, “soles de metales, mundos de maderas y estructuras arquitectónicas superpuestas de cuerdas”. El título, “anti-Tierra”, hace alusión al planeta opuesto, según los pitagóricos, a la Tierra; algo que se corresponde en cierta medida con el concepto contemporáneo de antimateria. La dinámica materia-antimateria tiene su reflejo en una polarización entre el Sol y el Re en la obra, con un desarrollo polifónico terriblemente abstracto, que juega con la “proyección de luz” de los metales y sus reflejos en las demás secciones.

Como en el caso de Synaphaï, para Antikhthon también me parece muy preferible la versión de Tamayo para Timpani a ésta de Howarth, mucho menos clara y estructurada que la del madrileño. Aunque la grabación de Explore permite efectos de percusión muy notables (beneficiados por el estéreo), así como una aparición espectácular de los metales por momentos, el conjunto es preferible en Timpani, con un trabajo de maderas y estructuración más logrado y fiel a la letra xenakiana.

Las tomas de sonido son, en general, buenas, de cálida presencia y notable cuerpo sonoro; si bien hay pequeños problemas de sonido por momentos con ligeras distorsiones, sobre todo en Synaphaï (a partir del minuto 9), que no empañan el conjunto de la toma sonora.

Se trata, así pues, de la necesaria reedición de unas versiones que podemos calificar de pioneras e históricas; y que nos ayudarán a comprender un poco mejor la evolución de la interpretación de la música de uno de los compositores más singulares de la segunda mitad del siglo XX. Aunque a día de hoy existan lecturas más técnicas y “perfectas”, como las citadas anteriormente, siempre es una interesante aventura conocer estos capitulos inesquivables de la historia de la música grabada.

Este disco ha sido enviado para su recensión por Gaudisc

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