España - Aragón

La cercana desnudez de la canción

Isaac Lahoza

lunes, 22 de enero de 2001
Zaragoza, miércoles, 17 de enero de 2001. Auditorio de Zaragoza. Sala Mozart. Obras de J.B.T. Weckerlin: Tres Bergerettes (siglo XVIII); A. Dvorák: Zigeunermelodien, Op. 55; E. Granados: Tres tonadillas (El tra la la la y el punteado, El majo tímido, El majo discreto); A. García Abril: Aunque vives en Costera, Tres canciones de Valldemosa (Agua me daban a mi, Canción de anillos, No por amor, no por tristeza) (Antonio Gala); X. Montsalvage: Tres canciones negras (Punto de habanera, Canción de cuna para dormir a un negrito, Canto negro). Soprano: María Orán, pianista: Chiky Martín. Conciertos de la Sociedad Filarmónica de Zaragoza 2000-2001. Aforo: 1992 localidades. Asistencia: 30%
Ante la grandeza polifónica, tímbrica y colorística que desarrollan las orquestas en la interpretación de sus obras resulta gratificante, a modo de contrapunto, el disfrutar de conciertos como el que se ha podido escuchar en la sala Mozart del Auditorio de Zaragoza. Con un mínimo conjunto musical, como es el que forma la voz y el piano, la música, desnuda, se hace más expresión, si cabe, conseguida por unos intérpretes enfrentados a un tipo de repertorio en el que existe poco margen para la falta de concentración y las dudas técnicas. Es así que, ante la aparente sencillez que transmite un conjunto de obras como son las canciones para voz y piano, deben confluir, en su interpretación, una serie de circunstancias que, en muchas ocasiones, no surgen.Desde luego, la velada ofreció muchos aspectos interesantes. El catálogo de canciones que se presentaba conformó el primer aliciente. Después de una interpretación de las Tres Bergerettes (siglo XVIII) de Weckerlin, algo fría, quizás, por ser las obras que rompían el hielo se expuso unas Zigernermelodien, Op. 55 de Dvorák que elevó a un punto más de calidez la actuación. Estos sonidos cíngaros compuestos por el autor checo en 1880 crean, en sus diferentes esencias melódicas, un recorrido de sentimientos contrastados, emocionantes. Su interpretación no estuvo exenta de buenos momentos y se erigieron en la mejor antesala de una segunda parte que, quizás, por estar compuesto por canciones de autores españoles, se erigió en protagonista.Las obras que se presentaron de Granados pertenecen a las Doce tonadillas que compuso en su período goyesco entre 1911 y 1916 y están dedicadas, precisamente, a Goya. Escrita en 'modo antiguo' sus melodías están dotadas de simplicidad y naturalidad. Bajo texto de Fernando Periquet, en estas tres canciones se aprecia una impronta popular en un manojo de composiciones cuya melodía no se basa en sonidos populares sino que son originales del compositor. No obstante, su brevedad y cercanía sonora aproximó la expresión de los sonidos creando una atmósfera reconocible, casi propia. Esto consiguió que, poco a poco, la noche se impregnara de intimismo que se consumó en la obra de García Abril. Desde un estilo más tradicional que muchas de sus composiciones orquestales, en sus canciones de Valldemosa, escritas en 1976 por encargo de Telefónica, se consiguieron momentos preciosos, sensibles, desde un acompañamiento pianístico casi minimalista, lo justo para subrayar unas melodías nostálgicas que proponían conceptos serenos y profundos a la vez. Quizá, la presencia del músico turolense en la sala, incentivó tanto a las intérpretes como al público convirtiendo los minutos sonoros de su obra en los más importantes, los más intensos y los más aplaudidos por derecho propio. Aunque tampoco se debe pasar por alto la última propuesta del concierto, las Tres canciones negras de Montsalvatge. Llenas de empaque compositivo, con una sonoridad contemporánea en la que la disonancia y la horizontalidad textural interactúan con el concepto musical y textual del exotismo negro de manera magistral, transpiran calidad, buen hacer compositivo y, personalmente, reafirman mi entusiasmo por este compositor.Tanto la soprano, María Orán, como la pianista, Chiki Martín, cumplieron y transmitieron seriedad y seguridad interpretativa. La coordinación entre ambas fue precisa y, desde una concentración admirable, mantuvieron un mismo nivel en cada una de las canciones alcanzando con García Abril, Montsalvatge y el fado interpretado en el primer 'bis', Ay, qué linda moza de Ernesto Halfter, sus cotas más brillantes. Con una voz timbrada y suficiente volumen, María Orán dibujó de manera impecable cada una de las melodías que cantó. Quizá, algo justa de respiración en algún fraseo y con un color no muy convincente en las partes más graves, demostró empaque, experiencia y oficio en un repertorio nada fácil y arriesgado desde un planteamiento vocal tradicionalmente impostado.Chiki Martín, por su parte, estuvo a la altura de su partenaire destacando más en la coordinación y seguridad sonora con la soprano, en los momentos en que ambas actuaban juntas que en los fragmentos solistas en, los cuales, se echó en falta un poco más de intención, más protagonismo para poder conseguir un estado de igualdad con la cantante; ocasión tuvo de ello. Este excesivo segundo plano del sonido pianístico mermó al resultado de conjunto de expresividad y trasmisión musical no siendo en ocasiones suficiente la intensidad sonora de la Orán para mantener el interés en algunos fragmentos de las interpretaciones.Posiblemente, debido a los numerosos acontecimientos que se concentraron en la capital aragonesa este miércoles -acudía Saramago, daba una charla Esperanza Aguirre y jugaba el Real Zaragoza- hizo que el público asistente no fuera excesivamente numeroso lo que contribuyó a la creación de un ambiente de petit comité que, por otro lado, y en mi opinión, tanto favorece a este tipo de repertorio. Por supuesto que se consiguieron minutos emotivos con unas obras de gran calidad compositiva y que merecieron el sincero aplauso que las intérpretes recibieron. Éstas lo premiaron con dos 'bises', el anteriormente nombrado y precioso fado de Ernesto Halfter y Recuerdas aquella tarde de la ópera Adiós a la Bohemia de Sorozábal que cerró con brillantez una velada en la que se pudo disfrutar del talante fresco, cercano, incluso espontáneo, primaveral y desnudo que transmite el género de la canción.

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