Austria

Una nueva forma de interpretación escénica

Gerardo Leyser
miércoles, 11 de octubre de 2006
Salzburgo, martes, 8 de agosto de 2006. Haus für Mozart. Die Entführung aus dem Serail (El rapto en el serrallo), singspiel alemán en tres actos Aufzügen IK 384 de W.A. Mozart. Libreto de Johann Gottlieb Stephanie el joven, basado en Christoph F. Bretzner. Nueva versión de los diálogos por Stefan Herheim y Wolfgang Willaschek. Dirección escénica: Stefan Herheim. Escenografía y vestuarios: Gottfried Pilz. Elenco: Laura Aikin (Constanza), Valentina Farcas (Blonde), Charles Castronovo (Belmonte), Dietmar Kerschbaum (Pedrillo), Franz Hawlata (Osmin). Asociación Coral de la Ópera del Estado de Viena (dirección Andreas Schüller). Orquesta del Mozarteum de Salzburgo. Dirección musical: Ivor Bolton. Festival de Salzburgo 2006
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Más que ningún otro género, las obras escénicas pueden dar lugar a interpretaciones muy dispares. Generalmente, los directores de escena se ciñen al contenido narrativo del libreto (o de la obra dramática). El argumento podrá, o no, servir de vehículo para una interpretación histórica, política, o social, esto es, una actualización que haga eco de las exigencias de un público contemporáneo. En el caso de El Rapto en el Serrallo, la ficción que nos relata el libreto de Johann Gottlieb Stephanie el joven, basado en un texto de Christoph Friedrich Bretzner, se podrá situar en un entorno realista o fantasioso, se podrá interpretar sobre la base de una actualidad política o de un pasado histórico, o podrá dar lugar a un simple esfuerzo narrativo sin otras veleidades que las de contar una historia. En la anterior producción presentada en el marco del Festival de Salzburgo, el director trasladó esta historia a la Palestina actual, haciendo hincapié en una situación política de actualidad. Otro, en Berlín, la ha situado en un burdel con el afán de denunciar una situación intolerable de violencia contra las mujeres que sigue teniendo lugar en la actualidad. Pero siempre se ha relatado, con variaciones, la historia propuesta por el autor.

Valentina Farcas, Laura Aikin, niños y coro
Fotografía © 2006 by Karl Forster

A Stefan Herheim, el director escénico de la producción de marras, se le ha ocurrido algo diferente: no le interesa tanto lo que nos cuenta el libreto como las ideas y pensamientos que transmite. Estima que, en la actualidad, no tiene sentido volver a contar por enésima vez la historia de 'Belmonte', joven aristócrata que se presenta ante el palacio del 'Bajá Selim' para rescatar a 'Constanza', su amada cautiva, y sus sirvientes 'Blonda' y 'Pedrillo'. Lo que interesa es explorar los temas profundos y no siempre tan evidentes de este Singspiel, que se centran en el amor, la fidelidad (conyugal), la sexualidad, el engaño, el matrimonio, el perdón, la benignidad, y otros afines, para analizarlos de manera crítica a la luz del provincialismo y la mojigatería que cundía en la Europa central del siglo XVIII y que siguen cundiendo en diversos estratos de la sociedad actual.

A fin de desarrollar estos temas, Herheim eliminó el personaje del ‘Bajá Selim’, que en este contexto se torna totalmente prescindible, y escribió, en colaboración con Wolfgang Willaschek, nuevos diálogos hablados. La música de Mozart y los textos cantados, permanecieron, por supuesto, tal cual fueron creados originalmente. En esta interpretación, ‘Osmin’ no es un turco sino un personaje multifacético que, cuando cumple funciones de guardián de la -supuesta- buena moralidad y vela por los usos y costumbres urbanos burgueses, se presenta en el escenario con hábitos de clérigo, pero cuando es poseído por esos arranques de desenfreno, crueldad y perversión, se convierte en un personaje endemoniado, mefistofélico. La dualidad de ‘Osmin’ está dada en Mozart, ya que oscila entre las funciones de guardián de la virtud e incitador, sobre todo en lo referente a los cuatro personajes perdidos en la vorágine de anhelos, deseos y fantasmas. En ellos priman y dominan los prejuicios procedentes de una educación católica y provinciana, tal como ciertamente prevalecían en las ciudades de Salzburgo y Viena en la época de Mozart y que, a pesar de los cambios habidos, siguen teniendo su influencia en la estructura de la sociedad actual.

Franz Hawlata
Fotografía © 2006 by Karl Forster

Este montaje muestra las constantes contradicciones que se verifican entre el mundo ideal de la imaginación y el mundo real en el cual los personajes -y también los espectadores- se ven obligados a vivir. Estas contradicciones constituyen un denominador común de la sociedad, por lo menos en nuestra cultura, ya que casi todos las padecemos cuando proyectamos nuestros anhelos personales y nuestras fantasías en las personas que amamos. Lo que ocurre en el escenario refleja una situación en la todos tendemos a 'inventar' las personas con las cuales mantenemos un vínculo afectivo. Pero dado que lo real casi nunca se corresponde con la fantasía, la vida muy pronto no deja otra opción que el enfrentamiento con dicha realidad. Generalmente este enfrentamiento se percibe como un fracaso personal y se termina culpando a la persona amada por no ajustarse a la imagen proyectada.

Por lo pronto, Herheim se dedica a analizar sobre el escenario, a la luz de la música de Mozart, este mundo de preconceptos y desilusiones. A estos efectos, convierte al palacio de ‘Selim’ en una suerte de internado de señoritas en el cual todas están prontas para casarse y, por ende, simbólicamente, vestidas de novia. El casamiento podría interpretarse aquí como única escapatoria posible, hecho que muy probablemente era así en la época de Mozart: una mujer no salía ni se emancipaba de familia si no era a través del casamiento que al fin y al cabo la sometía a ataduras de índole similar a las de su vida anterior.

Franz Hawlata, Charles Castronovo, Valentina Farcas y Dietmar Kerschbaum
Fotografía © 2006 by Karl Forster

Al levantarse el telón, durante el transcurso de la obertura, aparecen dos personajes desnudos. Al igual que Adán y Eva, recién expulsados del paraíso, adquieren repentina conciencia de su desnudez y se avergüenzan. En una primera instancia, intentan esconderse, pero por lo pronto encuentran, respectivamente, un vestido blanco y un frac, y se visten de novios a fin de regularizar una situación que no lo requería en el paraíso.

'Belmonte' hace su entrada en escena y se aproxima de un grupo de novios y novias que luego lo rodean, mientras ‘Osmin’ lo ignora rotundamente, tal cual ocurre en el libreto original. De allí en adelante, todo el montaje se concentra en temas relativos al establecimiento de la pareja, el casamiento, los hijos, la fidelidad, el papel que desempeña cada sexo en la estructura social, el deseo (también el deseo sexual), la codicia, la envidia.

Al final de la ópera, al ser condenados a muerte, ‘Belmonte’, ‘Constanza’, ‘Pedrillo’ y ‘Blonde’ se resignan a morir juntos. Uno de los coristas plantea la interrogante de cómo harán para morir juntos si no fueron capaces de vivir juntos, es decir ¿cómo podrían compartir la muerte si no fueron capaces de compartir la vida? Este cuestionamiento traduce claramente el problema que Herheim indaga. La convivencia es algo realmente muy complicado de lograr.

Valentina Farcas y Franz Hawlata
Fotografía © 2006 by Karl Forster

Puesto que Herheim construye toda la obra en torno al tema del casamiento y el establecimiento de la pareja, recurre al regalo de boda como elemento simbólico que fija las pautas de la vida futura de la pareja. En el primer acto estos regalos son esencialmente objetos de uso doméstico: una plancha, una cocina, un lavavajillas, un lavarropas y otros enseres típicos de la vida hogareña futura de los recién casados. Todo esto permite fijar claramente el rol tradicional de la mujer en la familia. Por supuesto, en esta construcción social, el hombre siempre quiere que la mujer esté dispuesta a tener relaciones sexuales. Y si no por las buenas, pues por las malas. Tal es la postura de ‘Osmín’ cuando, al asumir su aspecto mefistofélico, pretende obligar a 'Blonda' a tener relaciones con él. El hombre -y en esto ‘Osmin’ no es la excepción- siempre quiere imponerse y pretende ejercer su autoridad sobre la mujer, y la mujer, a su vez, utiliza cuanta artimaña está a su alcance para evitar el contacto sexual y tener de este modo al hombre a su merced. Negarse a tener relaciones sexuales es uno de los instrumentos de poder del sexo débil y tanto ‘Blonde’ como ‘Constanza’ ejercen este poder en El rapto.

Dietmar Kerschbaum y Valentina Farcas
Fotografía © 2006 by Karl Forster

Al comienzo del tercer acto, la acción transcurre en una sala de estar, dominada por un televisor frente al cual los hombres se dedican al zapping para pasar revista a temas de su interés. Posteriormente, ‘Osmin’ canta su aria triunfalista semioculto detrás del televisor, en una excelente coordinación entre imagen televisiva y personaje real. Herheim demuestra ser un verdadero maestro en el manejo de artificios de este tipo, asistido por las proyecciones estáticas y fílmicas realizadas por Momme Hinrichs y Torge Møller (feffFilm). Describe con gran destreza aspectos de la vida interior (el yo profundo) de los personajes. Este procedimiento, que consiste en alternar visualmente entre el mundo real y el mundo subjetivo, resulta muy interesante, aun cuando pueda resultar un tanto desconcertante para el espectador. En determinado momento los personajes se observan a si mismo en una miniatura (modelo) de la casa: la realidad observada desde otra perspectiva igualmente real.

Charles Castronovo, Dietmar Kerschbaum, Valentina Farcas y  Laura Aikin
Fotografía © 2006 by Karl Forster

La escenografía, obra de Gottfried Pilz, presenta un escenario dividido en segmentos rotativos que permiten efectuar cambios de perspectiva con gran rapidez agilizando la sucesión de situaciones que plantea Herheim.

Es cierto que esta versión de El rapto en el Serrallo puede llegar a ser desconcertante para parte del público, pero también es cierto que abre las puertas para nuevas formas de interpretación escénica.

En lo que respecta a los intérpretes, no todos estuvieron a la altura de esta fascinante 'experiencia' escénica. Laura Aikin, quizá en un mal día, no logró superar todos los escollos vocales que presenta la exigente parte de 'Constanza'. Su emisión fue un tanto estrecha, su voz a veces algo pesada para esta parte. A pesar de ello, salió airosa de la dura prueba que presentan las dos aria casi seguidas, la segunda de las cuales, 'Martirios y tormentos', presenta dificultades considerables.

Valentina Farcas fue una ‘Blonda’ encantadora, uno de los puntales de la función. Su voz sólo tendría que ser un poquito más potente, pero en cuanto a todo lo que atañe a fraseo, articulación, emisión, musicalidad, su actuación fue de excelente nivel. Se trata además de una cantante cuya presencia escénica resulta encantadora.

Charles Castronovo tiene el aspecto y gracia adecuados para la parte de ‘Belmonte’. Su voz -tesitura y emisión- es agradable, pero en diversos momentos pareció llegar al límite de su capacidad vocal. El ‘Pedrillo’ de Dietmar Kerschbaum fue impecable, desde todo punto de vista. En cuanto a ‘Osmin’, Franz Hawlata es un excelente actor, buen comediante y buen músico, pero carece del registro de bajo profundo, y por lo tanto del timbre que requiere la parte.

Ivor Bolton, al frente de Orquesta del Mozarteum de Salzburgo, de la que es titular, y de la Asociación de Conciertos del Coro de la Opera del Estado de Viena, dirigió con gran dinamismo y atención al detalle esta versión de El Rapto en el Serrallo.

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