España - Madrid

Tibios aplausos

Miguel Morate Benito

jueves, 26 de octubre de 2006
Madrid, viernes, 20 de octubre de 2006. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. Gustav Mahler, Sinfonía número 7 en Mi menor. Staatskapelle Berlin. Daniel Barenboim, director. Ciclo de Ibermúsica. Asistencia 96%
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El caso Mahler es particular en la historia de la música. Por un lado hicieron falta unos cincuenta años, como el propio compositor predijo, para que tras la muerte del músico su obra comenzara a interpretarse y escucharse. Al mismo tiempo, transcurrido ese lapso temporal, la herencia de Mahler a través primero de Bruno Walter y luego de Bernstein principalmente, eclosionarían en un boom por la música del autor que tendría lugar en las décadas de los años 60 y 70 en Estados Unidos primero y luego en Europa. Eco de ese creciente interés y al mismo tiempo, mecanismo distorsionado de expansión de la música de este autor, es la famosa película de Luchino Visconti, Muerte en Venecia de 1971, en donde el Adagietto de la Quinta Sinfonía es empleado como leitmoiv a lo largo de todo el film.

Hoy en día seguimos encontrando signos parciales que parecen indicar un crecimiento de los adeptos a esta música. En primer lugar, la aportación del pianista de jazz norteamericano Uri Caine con sus transgresoras versiones mahlerianas en su nuevo disco compacto y DVD titulado Dark Flame (1999-2003) de reciente aparición en nuestro país. Decimos nueva porque Caine ya abordó en 1996 una aproximación a Mahler para el sello Winter&Winter con el nombre de Urlicht/Primal Light. Al mismo tiempo también es reseñable para nuestro propósito la comercialización y promoción de las sinfonías de Mahler en DVD dirigidas por Leonard Bernstein con la Filarmónica de Viena que se ha venido haciendo en los medios musicales en los pasados meses. A ella se suman ahora las versiones en el mismo formato del legendario mahleriano Bernard Haitink con la Concertgebouw de Ámsterdam. Pero tal vez la mejor manera de observar el barómetro Mahler sea mirando la programación de las orquestas para obtener una muestra de la intensidad, al menos en nuestro país, del fenómeno.

Empecemos por la capital madrileña y encontraremos los siguientes resultados. En primer lugar, la Orquesta Nacional de España dedica 3 de sus 24 programas al compositor, compartiendo paridad en cuanto a presencia con Brahms y Mozart aunque exceptuando el hecho de que a ninguno de estos dos se le dedica un concierto de manera íntegra, como ocurre con el último de los programas de la ONE en que se interpreta la Octava Sinfonía de Mahler. La Orquesta de Radio Televisión Española por su parte, dedica tres de sus conciertos a obras del compositor bohemio con dos programas exclusivos, en donde uno fue el de apertura de temporada, en que se acometió la tercera de las sinfonías.

La Orquesta de Valencia se ocupará de la misma obra además de la Primera Sinfonía. Y por último -para no extendernos demasiado- la Orquesta Sinfónica de Bilbao abrió temporada con la Novena. No corren la misma suerte los programas de agrupaciones como la Orquesta Ciudad de Granada, la Orquesta Sinfónica de Navarra, la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, la Orquesta Sinfónica de Euskadi o la Real Filarmonía de Galicia. En ninguna de las temporadas de los citados conjuntos encontraremos una sola obra de Mahler, de ahí nuestro adjetivo empleado arriba de “signos parciales”. No obstante podemos concluir que el barómetro Gustav Mahler se encuentra bastante alto si tenemos en cuenta la abundacia de obras programadas de este compositor en las temporadas de cinco de las diez orquestas rastreadas. Por otro lado, también podemos concluir que Madrid es ahora mismo el epicentro español de mahlerianos.

Foto © 2006 by Todd Rosenberg

A esta eclosión madrileña se suma el ciclo de Ibermúsica que prosigue su andadura con un segundo y tercer concierto pertenecientes a la presente temporada a cargo de Daniel Barenboim y la Staatskapelle Berlin en donde, cómo no, Gustav Mahler (1860-1911) es el protagonista. La orquesta interpretó el pasado día 20 de octubre la compleja Séptima sinfonía de Mahler y tan sólo dos días después, Barenboim asumió la dirección de la quinta sinfonía del mismo autor tras el Concierto para piano número 23 de Mozart en donde el argentino ejercerá simultáneamente los papeles de solista y director.

La Séptima sinfonía de Mahler es una sinfonía difícil de escuchar. Forma parte junto con la primera, la quinta, la sexta, la novena y la incompleta décima de las sinfonías que no incluyen números cantados. La ausencia de programa así como los escuetos títulos de cada número denotan su carácter netamente abstracto, probablemente la que más de este grupo y posiblemente también la más experimental. Su duración se prolonga a lo largo de hora y media y la amplísima diversidad de temas así como su riqueza polifónica ponen al oyente al límite de sus posibilidades de atención. Dentro de su compleja estructura, la sencillez y belleza camerística de la segunda de las Nachtmsuk, con la súbita intervención de una guitarra y una mandolina, que tanto cautivaron a Webern y a sus colegas, ofrecen un pequeño reposo en donde tomar una brizna de aire para dejarse sumergir tras él en el enrevesado tejido del Rondó final.

En el concierto de Ibermúsica pudimos escuchar a un Mahler brillante, espectacular y diáfano pero rígido. Barenboim ofreció una versión de la obra en donde uno podía escuchar cada pequeño detalle de la riqueza elaboración motívica del autor. La claridad en los planos sonoros acorde con una disposición dinámica de los elementos de construcción musical muy coherente, permitieron entrever una inteligente comprensión de la obra desde el punto de vista analítico. Una cerebral aproximación que acertó en las sonoridades desplegadas por la orquesta logrando entresacar el rico e imaginativo colorido orquestal de la obra en todo su esplendor. Sin embargo, la rigidez rítmica en la dirección fue lo que más afeó la lectura de esta pieza. La pauta de comportamiento fue normalizada con una métrica casi mecánica en donde la flexibilidad y volubilidad brillaron por su ausencia. Para que nos entendamos, la música de Mahler es muchas veces un gigante vals fúnebre, y el vals requiere de esa frescura y ese balance rítmico que se estira y concentra por momentos para mostrar todo su potencial expresivo. Dirigir a Mahler como lo hizo Barenboim es como atar con correas a un gran bailarín. Es castrante. Raro decirlo, pero faltó ligereza en la música a pesar de su inherente pesadez.

Los aplausos fueron amplios pero poco apasionados. En nuestra opinión la obra dejó extenuado al público por su propia complejidad y la rigidez interpretativa no contribuyó a soliviantar esta pequeña traba. Creímos percibir que el público quería mostrar su agradecimiento por una impresionante interpretación en donde casi cada cosa estaba en su sitio pero que apenas tenía fuerzas para gritar y que a la falta de pasión quiso responder con lo mismo: aplausos, tibios aplausos. El director salió tres veces a saludar y en la última de ellas hizo levantarse casi uno por uno a sus músicos. Todo un gesto que le honra. Menos lo hizo el de su batuta.

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