España - Madrid

¿Me concede este baile?

Miguel Morate Benito

jueves, 2 de noviembre de 2006
Madrid, domingo, 22 de octubre de 2006. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. Wolfgang Amadè Mozart, Concierto para Piano y Orquesta nº 23 KV 488. Gustav Mahler, Sinfonía nº 5 en re sostenido menor. Staatskapelle Berlin. Daniel Barenboim, piano y dirección. Ciclo de Ibermúsica
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El pasado domingo 22, a las 7:30 de la tarde, hora en que estaba programado el segundo concierto de Daniel Barenboim con la Staatskapelle Berlin dentro del ciclo Ibermúsica, concurrían y se sucedían simutáneamente varios hechos deportivos de gran importancia para los aficionados. En primer lugar, el siempre esperado partido de fútbol liguero, Madrid-Barcelona, jugado en el estadio Bernabeu de la capital. Por otro lado, la final del campeonato de Fórmula 1 en donde se habría de decidir la victoria o no de Fernando Alonso. Y por último, aunque comenzando un poco antes, la final de la Masters Series de tenis jugada también en Madrid. Pues bien, como decíamos, al mismo tiempo que estos eventos, el ciclo Ibermúsica programó un concierto a cargo de Barenboim y la Staatskepelle de Berlín y sin embargo y a pesar de las fatales coincidencias horarias, el auditorio se llenó al completo, lo cual consideramos digno de elogio teniendo en cuenta las tentaciones salvadas. Sólo alguna butaca ausente aquí y allá de, tal vez, un desertor de última hora. No mala opción era la de ver los restos deportivos cuando el concierto terminara. Las prisas de algunos tras concluir la interpretación parecían indicar, o bien que tenían el coche mal aparcado y que querían ver la segunda parte del Madrid-Barça.

Tras esta introducción que considerábamos oportuna, conviene que nos centremos en un concierto del que ya les adelanto mi decepción. Pero antes de nada conviene hacer un pequeño comentario acerca de la programación, digamos, dialéctica, que supone una velada con un jubiloso concierto de Mozart para piano, como es el 23, en la primera parte y una trágica sinfonía como es la Quinta de Mahler, en la segunda. Tal vez deberían haberse dispuesto en el orden inverso de modo que la música de Mozart subsanara los efectos producidos por el temible arte mahleriano. En fin, a pesar de esta sugerencia nos pareció una interesante confrontación de productos vieneses que sin duda queremos elogiar.

Daniel Barenboim dirigió e interpretó de memoria un Mozart desde el piano en donde los momentos más bellos se desplegaron, sin duda, en el movimiento central. La sonoridad de una orquesta reducida, formada por diez violines primeros, ocho segundos, seis violas, cuatro chelos y tres contrabajos, además de sus respectivas maderas, logró adecuarse al carácter y estilo mozartianos de un optimista y bello concierto gracias a una fina articulación y un delicado fraseo. El piano sin tapa se ajustó con la orquesta en un balance perfecto y desplegó todo su encanto en el bellísimo segundo movimiento. De este Adagio no podemos sino destacar el pasaje en que los chelos puntean en pizzicatto los largos trazos de la melodía del piano al tiempo que el resto de las cuerdas despliega a contratiempo un sencillo acompañamiento. Fue uno de los momentos más bellos de la noche. Por otro lado, la ausencia de redondez cristalina en el sonido del piano de Barenboim para la música de Mozart menguó la belleza lograda por la orquesta y la dirección.

Tras el descanso le tocó el turno a la Quinta de Mahler. Ya anunciamos en nuestra anterior reseña que éste era el segundo de los conciertos de Barenboim con su orquesta a su paso por la capital madrileña dentro del ciclo Ibermúsica. En el primero acometieron la interpretación de la Séptima de Mahler y sobre aquel concierto manifestamos un cierto recelo por la rigidez rítmica mostrada en la dirección. En esta opinión nos reafirmamos tras escuchar esta segunda lectura mahleriana en donde la ausencia de flexibilidad en la métrica se mostró de principio a fin. Pero pongamos un ejemplo para mostrar de manera más clara esta opinión.
En el tercero de los movimientos de la sinfonía hay un momento, que tiene lugar en tres ocasiones, en que la acción se detiene momentáneamente. Se trata de un fragmento sometido a un danzable ritmo ternario en que se expone una variación del motivo principal, enunciado al comienzo del movimiento por las trompas, aunque sometido a un ritmo más lento con lo que adquiere un carácter eminentemente de vals. La primera vez es delineado por las cuerdas con arco y la segunda –con el bellísimo sólo de oboe- y tercera vez, lo hace en pizzicato. Es un fragmento que bien nos podría recordar a algún vals de Strauss, en donde el ritmo necesita ir tomando impulso a modo de rueda gigante, para estallar en un rápido y desenfrenado baile. Basta con observar a otros habituales directores de Mahler como son Bernstein, Rattel, Abbado o Inbal para encontrar la gracia necesaria en estos puntos, aunque cada uno a su manera, con un progresivo incremento métrico que impulsa y dinamiza la música y que vuelve una y otra vez a replegarse de acuerdo con las necesidades musicales.

Pero al tiempo que ese falta de gracia indispensable para los valses y las danzas de Mahler que nos mostró Barenboim, en esta ocasión nos topamos con momentos de alarmantes desajustes en cuestiones tan básicas como la afinación o la precisión en las entradas. Buen ejemplo de ello fue el por momentos caótico scherzo en donde el intrincadísimo contrapunto en que está basada su textura musical no se nos ofreció con toda la claridad y ajuste que se requería. La reexposición del tema principal en las trompas fue de lo más descalabrado del concierto.

Otra cuestión que tampoco nos agradó excesivamente fueron los tempi elegidos para el segundo movimiento y para el famoso Adagietto. La dinamización rítmica de este último dio lugar a una lectura superficial en donde muchos de los momentos más bellos del número fueron pasados por alto. La misma falta de temple para la métrica a la que hemos aludido ya con bastante claridad arriba se puso en evidencia en este movimiento. En cuanto al segundo, y teniendo en cuenta que estas cuestiones son siempre discutibles y se hallan sometidas a la subjetividad, el tempo requirió algo mayor de presteza para potenciar y entresacar toda la riqueza expresiva y tensional del movimiento con que, por otra parte, más disfrutamos.

Como todo concierto, éste terminó con sus aplausos. Mucho más apasionados eso sí que los del anterior. Para nuestra sorpresa, el trompa recibió unas fuertes y calurosas palmadas por parte del público cuando el director le hizo levantar. ¿Será la gente muy benévola pasando por alto sus faltas o simplemente no se percataron de ellas, lo que significaría que el grado de educación musical de nuestro país deja aún mucho que desear? O por último ¿Seremos nosotros unos visionarios o unos quisquillosos intransigentes? No sabemos. Lo cierto es que este tipo de hechos dan que pensar. Seguiremos cavilando.

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