Reino Unido

Una obrita jovial

Eduardo Benarroch
viernes, 10 de noviembre de 2006
Londres, jueves, 14 de septiembre de 2006. Barbican Hall. Orquesta Filarmónica de Viena. Valery Gergiev, director. Robert Schumann, Obertura,Scherzo y finale Op.52. (1841). Dimitri Shostacovich, Sinfonía nº 9 en Mi bemol mayor Op.70 (1945). Johannes Brahms, Sinfonia nº 4 en Mi menor Op 98 (1885). Ciclo Gergiev-Shostacovich
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Incluso si no se hubiera contado con una obra poco escuchada como la Novena de Shostacovich, el concierto con la Filarmónica de Viena valía la pena porque se iba a escuchar también la Cuarta sinfonía de Brahms en manos de un director que todavía está aprendiendo (y eso dicho sin temor a ofender, ojalá todos los directores adoptaran esta humilde actitud hacia la música).

Hubo un comienzo desprolijo en Schumann que me hizo pensar que hubo un mínimo de ensayo (si lo hubo) aunque es imposible que esta orquesta suene mal y hubo mucho para disfrutar en la coda del primer 'Allegro' y en los siempre cómicos dobles punteados de Schumann.

Pero esta nota pertenece a la serie de Shostacovich que comenzó en 2005, y si el concierto anterior había revelado qué perceptiva y fiel a la partitura era la lectura de Gergiev en la Quinta sinfonía (que de paso observó el accellerando que corre a través de todo el último movimiento y que casi nadie respeta), con la Novena entramos a otro territorio diferente.

Hay que recordar que en 1945, luego de la victoria contra los nazis, se esperaba de Shostacovich una obra celebratoria de la victoria, una Novena sinfonía como la de Beethoven, y por momentos Shostacovich mismo consideró la idea de usar coro y solistas para crear una obra que celebraría la grandeza del pueblo ruso.

Pero la realidad fue otra y la sinfonía resultante no fue una celebración enorme con bombos y platillos -que era lo que se esperaba de él en el Partido Comunista- sino un suspiro de alivio, una obra liviana como una pluma al viento. Para castigarlo, se sugirió que había elementos de neoclacisismo, de Prokofiev y del tan odiado Stravinsky, pero quienes lean la partitura descubrirán un mundo totalmente diferente, más en común con Mozart o Haydn. La frase del título no me pertenece, sino que es una traducción literal de la opinión del compositor.

Y para apaciguar a las bestias, hubo una referencia a la gran Novena de Beethoven (la única referencia neoclásica si se quiere) en el solo de fagot que representa al bajo barítono haciendo su llamada 'O Freunde', pero que al final tiene un tono trágico, como bien nos asegura el académico Gerard McBurney.

Y si la Novena sinfonía llevó a Shostacovich a ser denunciado por segunda vez, tampoco le sirvió de ayuda moral la recepción de la crítica en Nueva York, opinión que justificó la reacción rusa y reforzó el sentimiento contra el compositor. En 1948 por decreto de Zhdanov, la obra fué prohibida y fué denunciado. Para no alarmar a su familia, Shostacovich solía dormir en el vestíbulo frente al ascensor de su departamento en caso de que las autoridades mandaran a la policía a arrestarlo, ¡pero eso es otra historia!

Gergiev nos hizo entrar en ese mundo de puntillas, con sonidos juguetones y transparentes, el lenguaje era inconfundible, tan típico que para que no nos quedaran dudas lo reforzaban los trombones ¡y qué gran orquesta que se tenía para tal humor y tal virtuosismo!. En esta sinfonía hay mucho también del mundo del cine y del jazz, que Shostacovich había frecuentado tanto en los años 1930, y quizás el tema juguetón que se repite en forma incesante hacia el final del 'Allegro' irritó a los Aparatchiks, que esperaban algo mucho más emocionante y más serio.

Los dos movimientos lentos se intercalan con los tres más rápidos, y Gergiev integra los tres últimos en uno solo, pero cuánto hubo para disfrutar mientras tanto del virtuosismo de los solistas de esta gran orquesta, a quienes Gergiev les dio toda oportunidad posible para que se lucieran. Así en el 'Moderato-Adagio', segundo movimiento, entra el clarinete en un solo pastoral que luego acompañan la flauta y el fagot, y las cuerdas que anteriormente proveían un colchón de pizzicati, comienzan un tema desconcertante que el clarinete sigue a muerte sin querer perderlos, las cuerdas con sordina suenan como sonidos de otros planetas (¿una referencia a Stefan George?), todo ahora parece fantasmal en lo que suena como una danza macabra.

En manos de Gergiev el 'Presto' y 'Allegretto-Allegro', o sea, el tercer y quinto movimientos, son tomados a ritmo vertiginoso con las notas muy cortas haciendo que los violines se lucieran en gran forma, ¡especialmente cuando se tiene a Werner Hink como primer violín! Aquí escuchábamos sabores de muchos tipos, ruso, español y hasta jazz: en la heladería sonora de Shostacovich hay helados para todos los gustos

Como es su costumbre, Gergiev hizo tocar a los trombones con sonido más abierto de lo que están acostumbrados, no les hizo perder el sonido redondo sino que les dio un sonido más ancho y menos concentrado. ¡Tampoco es cuestión de perder el sabor intrínseco de una orquesta! Y qué bello que sonó ese fagot, como un niño jugando en un parque.

Tanto la orquesta como el director se deleitaron jugando con las notas cortas, pero no había todavía un destino, de pronto la orquesta comienza una cabalgata incesante y espectacular (¿los Lipizzaner vieneses?) y del silencio mas inesperado surgen los violines a las corridas, a quienes sigue toda la orquesta ¡y antes de que recobremos el aliento, la sinfonía ha terminado!

En 2004 unos musicólogos encontraron en Moscú un manuscrito del primer movimiento de la primera versión de la Novena sinfonía que comenzaba en re mayor (la tonalidad en que culmina la Novena de Beethoven), pero la orquestación -y la inspiración- se cortan en medio sin explicación alguna. Lo que sí escuchamos y que está completo, es una sinfonía única en su construcción y en su concepción, y que fue denunciada porque no servía a los intereses del partido en ese momento, aunque si servía a los intereses mucho más grandes de la música clásica en general.

La segunda parte nos dio una de esas lecturas de la Cuarta de Brahms que habrán puesto los pelos de punta a más de uno. ¿Cuántas veces habremos de escuchar a este director lleno de imaginación enfrentarse con uno de los colosos alemanes románticos? Y, ¿salió victorioso? La respuesta no puede ser ni si ni no, pero se puede decir que Gergiev se salió con la suya . Primero nos metió dentro de la sinfonía con mucho cuidado y astucia, con tempi amplios y ese sonido intenso que lo caracteriza cuando dirige Chaicovsqui y ese ataque de todas las secciones muy detalladas y muy marcadas.

Gergiev es uno de esos directores que se pasan la vida dando indicaciones, es como un cocinero que está inventando una nueva receta cada vez que cocina porque cada vez cocina en forma diferente. Esto sería una receta para un desastre musical (vaya el juego de palabras), pero es sorprendente que las orquestas mantienen el legato y también respetan las indicaciones constantes.

Hubo siete contrabajos, y para quienes estábamos acostumbrados al menos a doce con la Filarmónica de Berlin, que parecían aserrar el piso con Karajan, esto fue una novedad muy bienvenida y qué bien que sonó todo. Gergiev desarrolló el centro del 'Allegro' con mucha tensión y continuidad dinámica, es decir, integró el volumen de una sección con la siguiente, sin dejar costuras. Esta es una orquesta que mira al director y lo obedece, y que es capaz de mantener el legato por secciones larguísimas como solía hacerlo Giulini, claro que este no infundía la tremenda tensión de Gergiev.

Me sorprendió que Gergiev hiciera una pausa tan larga entre el 'Allegro non troppo' y el 'Andante moderato' que comenzó con las trompas de sonido abierto que no sonaron nada vienesas o alemanas, ¡sino rusas!, el tempo se mantuvo moderato y el legato fue perfecto, una maravilla de control. Al igual que Gergiev en Mozart, la suya es una lectura intensamente personal, que hace cantar a la orquesta y que se deleita en las armonías bien cerradas. Con los segundos violines a la derecha, las cuerdas cantaron como nunca ¡y Gergiev todavía les pedía más! (y la orquesta sacaba sonido de sus inagotables reservas para dárselo)

¿Se imagina el lector a Brahms sonando como Chaicovsqui en cuanto a drama? Pues eso ocurrió y cuanto se ganó con esa lectura, en lugar de una lectura académica y fría.

Desde que escuché en marzo en esta misma sala a la Orquesta Gewandhaus de Leipzig con Chailly no recuerdo tanta intensidad sonora en las cuerdas, a las que Gergiev hace hurgar como si deseara aserrar el instrumento con el arco.Y sin embargo, a pesar de tanta intervención por parte del director, no fue una lectura amanerada, fue un andante maravilloso.

Con el 'Allegro grazioso', Gergiev nos zamarreó de las solapas y violines y violas nos divirtieron con sus andanzas, ¡y qué impresionantes esos tresillos! Hacía muchos años que no escuchaba una lectura tan personal y al mismo tiempo tan exitosa. Los bronces parecían explotar de excitación, y cómo tomaba la orquesta esos tresillos con la liviandad y seguridad de una gran orquesta.

Gergiev a pleno vuelo es un ave majestuosa que da rienda suelta a su sonido con tremenda autoridad e intensidad, y por eso el 'Allegro energico' parece un anticlimax porque no podemos contenernos luego de lo que nos acaba de ofrecer. Maderas y cuerdas poseyeron una fuerza incontenible, ¡y como atacaron esos primeros violines!

Pero no todo es volumen sonoro, Gergiev es un director de contrastes y sabe explorar y explotar los extremos dinámicos de los vieneses. Sólo hay que leer la partitura para darse cuenta de la abundancia de indicaciones dinámicas para cada sección instrumental que Gergiev observó hasta en el más mínimo detalle.

La sección central fue una lección maestra de control y de virtuosismo y con su expresiva mano izquierda el director osetio mantuvo a las cuerdas excitadas pero sin desbordes, preparándonos para ese grandioso final al que llegamos a través del poco ritardando en las cuerdas que nos lanzan al 'Piú allegro'. Una lectura impresionante.

Sin temor de herir sensibilidades locales, al llegar estas orquestas del Contienente a salas como las del Barbican, nos damos cuenta (si hacía falta) que la forma en que producen el sonido es totalmente diferente al de las orquestas inglesas. Hay más intensidad y mucho mas sonido en las cuerdas y -aparte de tocar afinadas mas altas que las inglesas)- el contraste en esta sala no podría haber sido mas grande. Veremos que cambios de sonido escuchamos en su nueva orquesta, la London Symphony, cuando toma oficialmente su puesto en enero de 2007.

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