España - Madrid

Fantástica Fantástica

Miguel Morate Benito

martes, 14 de noviembre de 2006
Madrid, sábado, 4 de noviembre de 2006. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. Wolfgang Amadè Mozart, Sinfonía No. 35 en Re Mayor KV 385 “Haffner”. Claude Debussy, Jeux. Hector Berlioz, Sinfonía Fantástica Op. 14. Philharmonia Orchestra. Charles Dutoit, dirección. Ciclo de Ibermúsica. Asistencia, 90%

Los días 4 y 5 del presente mes de noviembre el ciclo de Ibermúsica nos ha ofrecido dos conciertos a cargo de la emblemática Philharmonia Orchestra con Charles Dutoit como director invitado. En ambas sesiones se brindó una programación centrada parcialmente en dos ejes: el francés, con Debussy y Berlioz en el primer concierto, y el escandinavo, con Sibelius y Grieg en el segundo. Además, en el primero de ellos, que pasaremos a comentar a continuación, se ofreció una sinfonía de Chaicovsqui y en el segundo una de Mozart.

La Sinfonía Haffner de Mozart es una de las más bellas y logradas de su amplio catálogo sinfónico. Fue escrita en 1782 a partir de una Serenata compuesta para la ceremonia de ennoblecimiento de Sigmund Haffner. Posee uno de los andantes más refinados de todo el catálogo mozartiano, escrito para cuerdas con oboes, fagotes y trompas. La lectura de Dutoit sobresalió por su finísima articulación, clara y transparente en todo momento. Una sinfonía de estas características pone siempre a prueba a una gran orquesta por su desnudez en la escritura. Momentos como el aludido andante con el tema principal relegado a los violines primeros, suponen una prueba de fuego para los músicos y para el director en cuestiones tan básicas como son la afinación, la precisión, la sincronización y la articulación. La Philharmonia Orchestra superó con creces los obstáculos y logró traducir la partitura en una bellísima y diáfana música.

Comenzando con el bloque de franceses, el conjunto inglés interpretó antes del descanso la singular obra Jeux (Juegos) de Claude Debussy. El número de efectivos instrumentales se vio incrementado al doble, con una plantilla de 98 músicos que incluía tres fagotes y un contrafagot, cinco trompas, cuatro trompetas, tres trombones, una celesta y cuatro percusionistas entre otros muchos músicos de viento y cuerda. La complejidad del lenguaje con una riquísima orquestación, que muestra las dotes del compositor para tal fin, propició, tal vez, que Dutoit saliera con la partitura al escenario, si bien prescindió de ella en Mozart y en Berlioz.

Esta obra de Debussy fue compuesta en 1913 para un ballet cuya temática y coreografía fue ideada por Vaslav Nijinsky. Habiendo obtenido poco éxito en su estreno, en ese mismo año el compositor la reconvirtió en una pieza de concierto. Se trata de una obra perteneciente a la última etapa de Debussy en donde algunos autores han querido ver una tendencia clasicista. Al margen de éstas cuestiones, Jeux se alza como una de las más refinadas piezas orquestales escritas por el compositor, basada principalmente en las interrelaciones tímbricas entre los diferentes instrumentos. En este punto reside principalmente su complejidad: en una orquestación extremadamente rica y sutil que explora los intersticios más recónditos del instrumento orquestal. Esta potenciación del parámetro tímbrico genera a su vez una suerte de cristalización del elemento melódico que aparece dispuesto en fragmentos difícilmente reconocibles por el oyente a modo de collage.

Las mismas características que encontramos en la lectura de Dutoit de la obra de Mozart las pudimos observar también en Jeux en donde la claridad y la precisión han de ser los buques insignias de la interpretación para poder entresacar toda la maraña de timbres orquestales de dentro de la partitura.

El colofón a este extraordinario concierto lo proporcionó la grandiosa Sinfonía Fantástica de Berlioz, en donde la imagen serena de Dutoit que observamos en el resto de las obras se tornó en pura pasión y fuerza. Características éstas que se transmitieron por entero a una orquesta que desplegó una altísima potencia dinámica así como un amplísimo refinamiento en las sonoridades que la escritura de Berlioz exige de los músicos. La rica gama de matices e insólitos tratamientos en cuanto a combinaciones instrumentales así como de técnicas de ataque, es difícilmente apreciable en una escucha a través de un soporte sonoro como puede ser el disco compacto. De ahí, en parte, la gran espectacularidad de una obra como ésta en directo.

Reseñable desde el punto de vista de la capacidad dinámica a la que aludíamos arriba, fue el cuarto movimiento, denominado 'Marcha hacia el suplicio', en donde estalla toda la tensión acumulada hasta entonces. Sorprendente resultó el efecto que se obtiene de la combinación de tuba más fagotes que tiene lugar en el 'Sueño de una noche de aquelarre' de la quinta sección, para enunciar la melodía del Diaes Irae sobre la que se construye el movimiento. De la 'Escena campestre' podemos destacar la tormenta que irrumpe la paz de los pastores en el bosque y que se genera a partir de unos acordes en trémolos en los timbales para los que se requieren tres ejecutantes y del segundo, la gracia que Dutoit supo dar al vals.

Únicamente convenimos reseñar algunos detalles en cuanto a la orquestación que nos sorprendieron más de lo debido. Fueron el sólo del flautín y el de percusión del tercer movimiento. ¿Estaban escritos en la partitura o formaron parte de la particular intervención del público madrileño para enriquecer aún más la escritura orquestal? Más bien esto último. Ni lo primero fue un flautín ni lo segundo un instrumento de percusión. Más bien se trató de una alarma de un reloj, en cuyo sonido se regodeó el propio reloj durante un largo periodo de tiempo, y un objeto que se cayó al suelo. En fin, este episodio continuará en nuestra próxima entrega. No se la pierdan.

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