España - Navarra

¡Viva la versión concierto!

Salvador Aulló

martes, 5 de diciembre de 2006
Pamplona, domingo, 26 de noviembre de 2006. Baluarte. P. I. Chaicovsqui: Eugene Oneguin. Ópera en tres actos (1879). Libreto de K. S. Schilovski y P. I. Chaicovsqui basado en la novela homónima en verso de Alexandr Puschkin. Dirección de escena: Gian-Carlo del Monaco. Escenografía: Johannes Leiacker. Iluminación: Wolfgang von Zoubek. Vestuario: Birgit Wentsch. Producción de Deutsche Oper am Rheim, Düsseldorf-Duisburg. Elenco: Markus Butter (Eugene Oneguin), Elena Prokina (Tatiana), Dragana Jugovic (Olga), Serghei Homov (Lenski), Konstantin Gorny (Gremin), Cornelia Berger (Filipevna), Csilla Zentai (Larina), Abelardo Cárdenas (Saretzky), Gonzalo Terán (Triquet). Coro Lírico de Cantabria, director: Esteban Sanz Vélez. Orquesta Sinfónica de Navarra. Dirección musical: Jorge Rubio. Aforo: 1800 localidades. Ocupación: 100%
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Vamos a quitarnos de encima lo malo para poder entrar en lo bueno sin remordimientos. Lo malo fue la producción y la dirección de escena que, por muchas razones filosóficas que se saquen de la manga para intentar explicar esta idiotez de un jardín con los árboles quemados y una cama en medio, nunca dejará de ser una idiotez. La historia del blanco y negro está manida, sobada y ajada. Los del coro vestidos de pajarraco y hacerle cantar a 'Triquet' con ese pico molesto no deja de ser otra estupidez como una casa.

Que el palacio donde se celebra el baile tenga que ser el mismo triste jardín de los Larin y con los mismos árboles sin ramas no deja de ser otra tontada más de los 'genios' destrozadores que nos invaden por doquier. ¿Será que no tienen ramas para que si Chaicovsqui resucita, no pueda colgar al 'genio' que inventó este disparate?

La historia podrá ser todo lo triste que se quiera pero eso está en la historia y no en los aledaños, ni en los jardines, ni en los palacios, porque las cosas son como son y no como estas mentes calenturientas, deformes y retorcidas imaginan que son.

Luego vienen las tontadas propias del director de escena que hace moverse a los cantantes de la forma más estúpida que uno puede imaginarse. Estoy de acuerdo en que los tiempos musicales hay que llenarlos, pero con talento ¡leche! Por lo visto todo vale con tal de no dejar a los artistas que expresen su arte y hay que darles marcado como tienen que poner hasta el dedo meñique del pie izquierdo.


Podemos perdonar que ‘Olga’ o ‘Tatiana’, no recuerdo cual de las dos, pusiera un disco en un gramófono cuando a principios del siglo XIX, que es cuando se sitúa la historia, no había gramófonos pero ¿cómo se come que el viejo ‘Príncipe Gremin’, que anda como si tuviera más años que Matusalén pero en mal estado de conservación y dispuesto para el arrastre, se pueda llevar a 'Tatiana' en brazos como si fuera un recién casado?

¿Por qué puñetas tiene que hacer toda esa serie de tontadas el pobre ‘Eugenio’ para demostrar que está triste y desesperado porque ‘Tatiana’ lo manda a freír espárragos? Una cosa es estar desesperado y otra ser tonto de remate, que es la sensación que da.

Lo peor de todo es que se han comido una buena ración de la actuación del coro en la primera parte y no sabemos la razón, y no hace falta que la expliquen porque ya se sabe lo de “la razón de la sinrazón”. Y lo más peor todavía es que haya alabadores que justifiquen tales sandeces, como si sobrecogieran aunque no sobrecojan.

Entre unos y otros están echando al personal de los teatros en los descansos porque no pueden aguantar. Ahora comprendo por qué hicieron los dos primeros actos seguidos: para no quedarse con la sala a medio porque si en un descanso se fueron bastantes espectadores que fueron con buena voluntad, con dos se les van el doble.

Una cosa positiva en medio de tanta memez: el que se suicide ‘Lenski’ en lugar de que lo mate su amigo ‘Eugenio’. Eso tiene sentido ya que, medio borracho o borracho del todo (aunque tampoco sabemos a viene esa estúpida borrachera), reta a su amigo y tras una noche de pesadillas, decide evitarle el trance al contrincante.

Vayamos ya con la orquesta y su director Jorge Rubio, buen director de orquesta y suegro del director de escena, al que se le puede perdonar la monotonía de algunos pasajes en ara de la belleza de otros. Las trompas se lucieron y la Orquesta Sinfónica de Navarra, en su conjunto, también se lució con una música indestrozable por mucho que se empeñen los filósofos que sueñan producciones y hacen el “deschorrao”, como dirían en Olite, dándole palos a la escena.

Vamos a lo positivo.

Vamos a tener que pensar que, visto lo visto y oído lo oído, no va a hacer falta ir a Bilbao para oír buenas voces porque hay que ver qué comienzo de temporada hemos tenido en la capital de Vizcaya, en la que sólo han dado la talla Inva Mula en Rigoletto y Angela Denoke en Tannhauser, pero eso es harina de otro costal.

La señora ‘Larina’, madre de las dos criaturas, una muy sensata llamada ‘Tatiana’ y otra alegre y un poco alocada llamada ‘Olga’, fue la mezzo húngara Csilla Zentai que pasó como la luz por los cristales, como si no hubiera pasado, fue la más vulgar de las voces quizá porque ya haya pasado su mejor momento.

El papel de ‘Filipievna’ la antigua nodriza de las niñas y ahora ama de llaves, o lo que sea, lo hizo la contralto Cornelia Berger. No sé si es porque estas voces me encandilan o porque cantó bien, pero nadie me priva de lo que disfruté oyéndola. Creo que fueron ambas cosas: que cantó bien y su voz, dentro de su tesitura, clara y bella, me encandiló. Voces de las que no abundan y de las que hay que oír y recordar.

‘Tatiana’ la hija sesuda y formal de los Larin, que se enamora locamente del hombre de mundo que llega a su casa pueblerina, fue la soprano ucraniana Elena Prokina que nos deleitó con su canto. Su voz tiene fuerza cuando hay que tenerla y dulzura, cuando hay que ser dulce (¡que bien manejó la zona del gusto en el tercer acto!). Su color es uniforme cante en la zona que cante y su timbre bello. Es como para volverla a oír a pesar de los pesares antes expuestos.


La alocada ‘Olga’, novia de Lenski que luego se deja galantear por Oneguin para darle celos a su novio, fue la mezzo serbia Dragana Jugovic. Su papel es relativamente corto pero lo cubrió perfectamente con su voz agradable y clara, con claridad de innegable mezzo. Tampoco me importaría oírla más veces y si es como ‘Rosina’ en el Barbero, mejor todavía.

‘Eugenio Oneguin’, el amigo del poeta ‘Lenski’ que va de visita al pueblo y lo acompaña a visitar a su novia y vecina ‘Olga’ donde se encuentra con ‘Tatiana’, fue el austriaco Markus Butter, un barítono que cumplió más que dignamente con una voz bien impostada aunque tuvo momentos, pocos, en los que se le notaba un desagradable cambio de color que no le favorecía. Aguantó con paciencia las tontadas que le hicieron hacer.

El poeta ‘Lenski’, vecino de los Larin y novio “de toda la vida” de ‘Olga’, fue el tenor ucraniano Sergei Khomov. Siguió la tónica de la buena actuación de sus compañeros, es más, estuvo más que brillante en muchos momentos y contribuyó a subir la media de la calidad vocal. Su voz es limpia y agradable, que es lo que hace falta para el disfrute.

Monsieur ‘Triquet’, que sale, de no se sabe donde, vestido de pajarraco y que cantó bien a pesar del pico malvado que le colocaron los genios del vestuario, fue el tenor español Gonzalo Terán. Habrá que oírlo sin máscara ¿no?

Tampoco se sabe en esta gloriosa producción de donde sale, ni qué pinta el ‘Zaretzki’ que cantó, poco esa es la verdad, el barítono venezolano Abelardo Cárdenas que estuvo ahí sin desentonar. También hizo de ‘Capitán’ del príncipe.

Como traca final, en el tercer acto apreció el ‘Príncipe Gremin’ con el que se había casado ‘Tatiana’ en los años en que ‘Eugenio’ desertó y se fue a hacer el dandi por el mundo estepario. La traca final tiene nombre y apellido y es un bajo de los de verdad, de los que se te caen los palos del sombraje al oírlo. Se llama Konstantin Gorny. Su voz impresiona tanto como la del finlandés Matti Salminen, es oscura pero con claridad en la dicción, sale con limpieza y sin esfuerzo aparente. Hay que ver donde canta para ir a oírlo.

El coro después de las sosadas que le hacen hacer, no pudo estar mejor y se tuvo que conformar con cubrir el expediente.

Para terminar la historia, resulta que ‘Tatiana’ le dice a ‘Eugenio’ que aunque lo quiere, se puede ir a que le den morcilla, que ella se ha casado y ¡que tenga buen viaje! Oneguin se va buscar la morcilla mientras ‘Tatiana’ y su marido siguen su vida.

Aquí se acaba la historia de una ópera que se me antoja preparada, vendida y empaquetada por la familia Rubio y que, a pesar de los desastres consumados por el yerno, no me importaría volver a ver siempre que me aseguren voces como estas.

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