Italia

L’abborrita rivale

Paco Bocanegra

martes, 12 de diciembre de 2006
Milán, miércoles, 12 de julio de 2006. Teatro alla Scala. Aida, ópera en cuatro actos de Giuseppe Verdi sobre un libreto de Ghislanzoni. Dirección escénica y escenografía: Franco Zeffirelli. Vestuario: Mauricio Millenotti. Violetta Urmana (Aida), Roberto Alagna (Radamés), Ildiko Komlosi (Amneris), Carlo Guelfi (Amonasro), Marco Spotti (el Faraón), Giorgio Giusepppini (Ramfis), Sae Kyung Rim (Sacerdotisa), Antonello Ceron (el Mensajero). Ballet: Luciana Savignano, Roberto Bolle, Myrna Kamara y Ballet del Teatro alla Scala. Coreografía: Vladimir Vassiliev. Coro de Ópera del Teatro alla Scala. Maestro: Bruno Casoni. Orquesta del Teatro allla Scala. Director musical: Ricardo Chailly. Ocupación: 100%

Si, como algunos afirman, en la afición operística existen categorías, la obtención de grado viene determinada por una serie de eventos que parecen obligados: una gala all stars del Met, un nuevo Anillo en Bayreuth, Mozart en Salzburgo y, desde luego, la noche de San Ambrosio en el Teatro alla Scala.

La festividad del patrón de Milán señala, en efecto, el arranque de la temporada del teatro de ópera más mitificado del mundo, el de los happy few. Cuando para tal ocasión se escoge además un título tan significativo como Aida (y su puesta en escena viene encomendada a Franco Zeffirelli) tanto la mesura del espectáculo como la indiferencia del público quedan descartados de antemano.


Fotografía © by Marco Brescia/Teatro alla Scala

Así ha sido. La función del pasado jueves en Milán resultó especialmente deslumbrante a un lado y a otro del foso, y el octogenario Zeffirelli ha dado lo mejor de sí ¿Qué ópera más afín a las aptitudes del florentino que ésta de Giuseppe Verdi? Trescientas personas sobre el escenario, columnas, esfinges, escaleras monumentales, relieves y jeroglíficos, tumbas, criptas, incienso, pan de oro, apolíneos figurantes como dioses Horus sobrevolando las tablas… Sin olvidar un entrenadísimo cuerpo de ballet liderado por Roberto Bolle, adorado por los milaneses. Un conjunto cuyo formidable fasto se elevó a la altura del mejor cine hollywoodiense de Cecil B. de Mille y justificó el entusiasmo de la concurrencia.

Triunfo total el de Zeffirelli -¡a quien muchos gritaron “Grazie!”-, aunque contestado por una parte de la crítica de prensa, especialmente la 'Muti-nostálgica', alguno de cuyos argumentos han resultado bien patéticos: ¿tiene sentido lamentar la falta de rigor histórico en Aida? Con la bula que proporciona la edad, Zeffirelli ha salido al paso de esta y otras simplezas, llamando desinhibidamente a algún conocido personaje de la crítica “vecchio sonato, astruso, finto grande musicologo” o diciendo, a la manera florentina, que algunos de ellos tienen el “culo torto” (torcido), y son incapaces de sentarse rectamente en su silla.


Fotografía © by La Nación, Buenos Aires

Chailly suscitó en esta apasionada noche similares arrebatos. La orquesta escalígera encontró un maestro que la plegó con ductilidad a todas sus exigencias para mostrarla vibrante a la par que matizada, así como exuberante de timbre y de color. Lírico en el dúo de ‘Aida’ y ‘Radamés’ del acto tercero, solemne e intenso en la escena del juicio del cuarto, soberbio en detalles de finísimo rubato, el director hizo gala de una gran variedad de registros donde supo combinar con inteligencia las sutilezas de la partitura sin eludir la insoslayable grandiosidad o la necesaria atención a los cantantes.


Violetta Urmana y Roberto Alagna
Fotografía © by Marco Brescia/Teatro alla Scala

Numi, pietà

Mas llega la hora de tomar tierra de la mano de los cantantes. Como dice ‘Amneris’: “vieni o diletta, schiava non sei, nè ancella”. Muy alejada de la psicología y el estilo de la princesa etíope la monocorde y vocalmente insegura ‘Aida’ de Violetta Urmana decepcionó. Corta de fiato, precaria en muchos de los pianissimi, carente de densidad, brillo y color, la lituana desarrolló una protagonista sin mayor relevancia. Un detalle vale para toda su actuación, y fue el del aparatoso silencio que sobrevino al término de su gran escena “Oh patria mia… Cieli azzurri”; el cual, dado el clima de éxito que ya imperaba en el Piermarini, vale por mil palabras.

El yerro o incapacidad de Urmana vino compensado, y cómo, por la insospechada estatura de la ‘Amneris’ de Ildiko Komlosi. En la mejor tradición de las mezzos clase “Falcon” -algo en ella nos recuerda a la gran Hilde Konetzi- la Komlosi hizo alarde de unas facultades canoras e interpretativas de primer orden. Al no estar obsesionada con sostener la frase o alcanzar la nota, pues la amplitud del registro, homogeneidad del timbre y la firmeza de la emisión son sobresalientes, encuentra campo libre para explayarse en su particular modo. Temperamental y sin miedo a caer en un exceso que de hecho no llegó a marcar, brilló especialmente durante el juicio de los sacerdotes a ‘Radamès’ en el acto cuarto, y algunas de sus frases como “E in poter de costoro / Io stessa lo gettai” o “Empia razza! Anatema su voi” fueron de lo mejor de toda la representación. Brava.




Roberto Alagna y Violetta Urmana
Fotografía © by Marco Brescia/Teatro alla Scala

Del trío protagonista resta Roberto Alagna, por quien paradójicamente voy a romper una lanza. No es la voz de hace diez años y tampoco es el papel más adecuado en su momento actual, pero Alagna sí que tuvo en el aspecto interpretativo y de estilo como ‘Radames’ todo lo que se echó en falta en la ‘Aida’ de Urmana. Canto italiano y verdiano, lleno de intención y veracidad a desprecio de todo riesgo. Ya con “Celeste Aida”, ese aria criminal que el tenor debe afrontar cuando apenas si ha salido a escena, rompió el hielo y recibió discretos aplausos a pesar de un canto más bien precario. A partir de aquí fue a más y algún abucheo aislado en el saludo final sólo puede entenderse en el marco de la ignorancia general que propició que Urmana no fuese aclamada, pero sí escapara indemne.

Aparte de un indecente ‘Amosnaro’ desde cualquier punto de vista, el resto del reparto cumplió. El que no cumplió, sino que logró un nivel de excepción en una ópera donde su papel es determinante, fue el magnífico coro del teatro. ¡Qué maravilla, y qué envidia para los teatros españoles! Belleza vocal, empaste de voces, pianissimi sin mácula (sensacional la escena segunda del Acto I), entonación, potencia… ese conjunto de voces que comanda el maestro Bruno Casona no tiene rival en el mundo, como ha tenido que reconocer la crítica más refractaria al elogio.

A pesar de cuanto dicen sus detractores, la Scala sobrevive a crisis de cantantes y a sus aficionados y críticos.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.