Austria

Hacer Mozart en Viena

Jorge Binaghi
viernes, 16 de febrero de 2007
Viena, miércoles, 24 de enero de 2007. Staatsoper. Don Giovanni (29 de octubre de 1787, Teatro Nacional de Praga). Libreto de L. Da Ponte y música de W. A. Mozart. Puesta en escena: Roberto de Simone. Escenografía: Nicola Rubertelli. Vestuario: Zaira de Vincentiis. Intérpretes: Bryn Terfel (Don Giovanni), Ain Anger (El Comendador), Ricarda Merbeth (Doña Ana), Cellia Costea (Doña Elvira), Matthew Polenzani (Don Octavio), Erwin Schrott (Leporello), Alexandra Reinprecht (Zerlina) y In-Sung Sim (Masetto). Coro (Thomas Lang, director) y Orquesta del Teatro. Dirección: Peter Schneider. Aforo 100%
0,0001705 Como en Salzburgo o Praga, ni siquiera las “Wiener Mozart-Tage” dan patente de corso... Ciertamente, ha habido muchos elementos positivos en esta reposición, pero no todos. Tener el lujo de la Filarmónica -con unos atriles que hacen soñar despierto (el violonchelo que acompañó ‘Batti, batti’ resultó tanto o más protagonista que la soprano), pese a imprecisiones de los metales- o un estupendo coro (se notó en las no muchas pero sí fundamentales intervenciones), no basta para hacer de Schneider un gran director. Es un buen maestro, demasiado denso y enfático, que incluso en sus tiempos no es nada ‘giocoso’ y sí demasiado ‘dramático’.

Por su parte, la puesta en escena de de Simone no molestó -lo que es bastante- pero fue absolutamente impersonal y resultó claro que los artistas ponían lo que podían y querían. Como los trajes son magníficos y los decorados imponentes, uno los miraba cinco minutos -si la oscuridad reinante lo permitía- y luego pasaba a concentrarse en la música o en lo que cada intérprete daba.
 
Costea no estaba prevista en ‘Elvira’, pero se notaron claras mejoras con respecto a su interpretación del mismo papel hace un par de años en Lieja. No fue sobresaliente, y tuvo altibajos, pero también aciertos (aunque por el momento resulta anodina desde todo punto de vista).



Bryn Terfel y Cellia Costea

Terfel no ha sido nunca un gran ‘burlador’, como sí era un excelente ‘Leporello’. Su frecuentación de otros repertorios desde la anterior vez en que interpretó al protagonista y esta, que se comenta que es la última en que encarna al personaje, ha retirado flexibilidad de una voz que suena muy abierta, poco inclinada a matices y medias voces, amén de algunos olvidos en el texto y otras desprolijidades en el canto. Como actor, resultó más desaforado -y poco elegante- que otra cosa. Por supuesto, tuvo un gran éxito.

La voz de Anger debe de ser de las más opacas y de agudo más rebelde que he escuchado en la parte. In-Sung Sim tiene poderosos medios vocales y una vitalidad casi excesiva: ‘Masetto’ no tiene por qué intentar demostrar que puede ser un barítono del Ottocento italiano. Reinprecht fue una ‘Zerlina’ casi ideal; sólo el timbre, algo apagado para una verdadera soubrette (menos mal), le restó un poco de personalidad aunque no de encanto. Polenzani volvió a demostrar que es un excelente elemento, capaz de los estilos más variados sobre la base de una magnífica técnica, una voz apreciable si no memorable y una actuación sobria y segura: fue muy aplaudido en sus dos arias, con total derecho.

Veía por primera vez a Merbeth, que parece decidida a seguir los pasos de la Nilsson y dar vida a una ‘Ana’ aguerrida -y cuánto beneficia eso a ‘Or sai chi l’onore’ y a la escena inicial- sin que le impida los más etéreos pianissimi, las agilidades o los trinos en la segunda aria y el resto de sus intervenciones. Sólo el timbre -no muy atractivo aunque oscuro y particular- y su peculiar italiano le impidieron resultar ejemplar, pero cerca estuvo.



Erwin Schrott y Bryn Terfel

El que sí lo fue y se revela como un cantante mayor, fue ‘Leporello’: acostumbrado como se está en los últimos dos años a ver por todos lados a Schrott cantando el protagonista, podía parecer imposible que cumpliera tan bien con el cometido del servidor. Fue divertido, ágil, desfachatado, simpatiquísimo, y exhibió un color parejo en todo el registro -extenso- como una inventiva y frescura en su aproximación al personaje que eludieron siempre el trazo grueso. Cuando pase algún tiempo tal vez descubra que rugir la última frase de ‘Madamina’ no la hace más eficaz: ‘simplemente’ cantada da más en el clavo. Por otra parte, esa tendencia a ‘decir’ los recitativos que he advertido otras veces estuvo aquí menos acentuada aunque no ausente. Pero él fue quien más estuvo cerca -muy cerca diría yo- de Mozart.
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