España - Madrid

Una guitarra ausente

Lourdes González Arráez

lunes, 5 de marzo de 2001
Madrid, viernes, 23 de febrero de 2001. Teatro Monumental.. Orquesta Sinfónica de RTVE. Director: Juan José Mena. Luis de Pablo, Vendaval; Johannes Brahms, Sinfonía nº 4. Temporada 2000-2001 de la Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE.
Originalmente este concierto incluía dos obras más, para guitarra y orquesta, que se suspendieron por una oportuna indisposición del solista Martin Mastik. Estas obras eran el Capriccio diabólico para guitarra y orquesta op. 85 b de Mario Castelnuovo-Tedesco y la Sinfonía concertante para guitarra y orquesta de Luigi Boccherini. Si tenemos en cuenta que ambas obras eran estreno en España, se podrá entender la desilusión de gran parte del público que acudía atraído por lo insólito de este concierto.Enfrentarse a un público desilusionado antes de comenzar la música es una circunstancia adversa, pero esto no deslució el magnífico trabajo de Juan José Mena durante todo el concierto. Se comenzó con Vendaval de Luis de Pablo, un compositor del que se ha hablado mucho últimamente por el reciente estreno de su cuarta ópera, La Señorita Cristina, en el Teatro Real de Madrid. La obra orquestal que nos ocupa fue compuesta entre 1994 y 1995 y la versión que se interpretó en el Monumental fue de tres movimientos. El primero, 'Potpurrí', a modo de fanfarria destacó por sus contrastes de texturas, de intensidad, por un brillante uso de las capacidades tímbricas de los vientos y por una descoordinación entre fagot y chelos que no tardó mucho en desaparecer, ya en el segundo movimiento: 'Danza';. Este último, hizo gala de un despliegue de bellas y evocadoras sonoridades casi impresionistas fruto de ese refinamiento tímbrico y de color propio del compositor bilbaíno en esta etapa. El tercer movimiento, 'Final', termina la obra con un sentido dramático de la música, lo que probablemente fue la causa de los escasos aplausos al final de la primera parte pese a ser una obra de un compositor más que renombrado y que además basa sus contenidos temáticos en otras obras anteriores ya aceptadas por los auditorios.En la segunda parte se interpretó la última sinfonía de Johannes Brahms, escrita entre 1884 y 1885. Al igual que en la actualidad, Brahms, realizó una gira de promoción de su sinfonía en Alemania y Holanda y luego la estrenó en Viena. Es una obra propia de la tendencia que representaba Brahms junto a Bruckner frente a Berlioz, Wagner y Liszt. Los primeros abogaban por un clasicismo refinado, un respeto a las formas musicales, y los segundos rompen con el concepto de forma clásica y música pura introduciendo programas literarios en sus obras como la Sinfonía Fantástica de Berlioz; son las dos caras del Romanticismo. Brahms se acerca en esta obra a una simplicidad de la expresión que lo lleva al empleo de modelos antiguos como la variación con la que se construye todo el último movimiento. El tono melancólico de esta sinfonía requiere de una gran capacidad de expresión, que si bien poseía el director, la orquesta no sabía comprender. La ya familiar descoordinación, esta vez de los violines segundos, hizo acto de presencia recién empezada la obra y tras los intentos desesperados de Juan José Mena volvió a diluirse. Es de destacar el perfecto conocimiento de la obra por parte del director que prescindió de la partitura ofreciendo una lectura de una fuerza, sensibilidad y carácter admirables, lástima que la orquesta no respondiese a la perfección en todo momento. El gran lirismo del segundo movimiento era plasmado por la figura de Juan José Mena a falta de sensibilidad de los violines segundos que ofrecieron un sonido lineal y frío convirtiéndose en los protagonistas de la noche. Los finales fueron pequeñas obras de arte por la claridad, el buen gusto y la precisión de la batuta del director, en ellos respondió toda la orquesta con gran acierto. Un acierto que, de haberse producido durante toda la obra, habría dado como fruto una de las mejores interpretaciones de esta sinfonía.El concierto se cerró con una gran ovación y también una rabiosa pateada por parte de todos los desilusionados por la guitarra ausente, es una pena que, por una circunstancia imprevisible, parte del público no pudiese disfrutar de un buen director y una interpretación que intentó estar a la altura.

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