España - Canarias

Desafíos mayores para Simon Rattle

Pedro Egidio

martes, 6 de marzo de 2007
Las Palmas de Gran Canaria, martes, 27 de febrero de 2007. Auditorio Alfredo Kraus. Festival de Música de Canarias. Gustav Mahler: Sinfonía 2 Resurrección. Soile Isokoski, soprano, Bernarda Fink, mezzosoprano. Orfeón Donostiarra, Orquesta Filarmónica de Berlín. Simon Rattle, director
Gustav Mahler plantea desafíos mayores para una orquesta y su director. Digamos ya que Simon Rattle no estuvo a la altura de su orquesta ni de lo que se consideraría un director idiomático para esta música, que, casi más que ninguna, por su complejidad compositiva y sus subtextos vivenciales y filosóficos, exigen una lectura específica en sus características generales y gran flexibilidad en los detalles interpretativos.

El musicólogo italiano Quirino Príncipe caracterizó cada una de las sinfonías de Mahler como vastas novelas "que abarcan  la vida en sus más diversos aspectos". A ello, yo agregaría que las mismas están sumidas en una atmósfera de "romanticismo mórbido" propio de una época temporal y geográfica en donde se conjuntó una formidable explosión artística en las distintas ramas del arte.  Ellas predisponen y retroalimentan en influencia a los diversos creadores de la época.

En consecuencia, me parece que una de las primeras exigencias a un director mahleriano sería el del don narrativo: arquitectura y forma son de gran importancia y, desde luego, evitar perderse en los detalles.  Luego, tomar muy en serio las generosas instrucciones del propio compositor en sus partituras: dinámicas, glissandi, cambios de tempo etcétera.  Algo que parece tan obvio no lo es en la práctica, cosa que se puede contrastar fácilmente examinando la sobreabundante discografía de Mahler.

En este sentido, Mahler se asemeja mucho al Shostacovich sinfónico: ambos buscan traducir su vivencia en el mundo y buscar que la música sirva de prisma para el tránsito anímico y mental entre la dimensión interna del yo y el mundo que le rodea. Y en ambos casos, es tan frecuente encontrar interpretaciones  erradas de sus partituras.  A lo narrativo se debe agregar un mundo sonoro peculiar y muy personal de cada compositor, que esta enraizado en un ámbito cultural de una época muy especifica.

En el caso de este concierto, con una obra tan espectacular como la Sinfonía 2 de Mahler, es difícil no entusiasmar al público. La orquesta sonó gloriosa, aunque aun no se delineaban nítidamente las violas, con un sonido de enorme elasticidad y brillantez (¿legado de von Karajan?), que le permitió abordar una vastísima gama dinámica sin esfuerzo ni descuadratura alguna.

Ambas solistas femeninas estuvieron extraordinarias, entregando su texto de manera no solo musical sino creando un clima de recogimiento interior en cada una de sus intervenciones.  El coro inicio su participación con una entrada sobrecogedora, expandiéndose desde un pianísimo impalpable hasta las dinámicas más amplias y exigentes de las páginas finales de la obra.

Ante tal entrega fervorosa e intensa, puede parecer mezquino  protestar por una batuta poco idiomática. Incluso hay quienes dicen, críticos incluidos, que una orquesta como esta se dirige sola, y a pesar de quien tenga en el podio. Pero la evidencia empírica es otra. Este tipo de obra necesita trabajarse mucho para conseguir una interpretación adecuada. Prueba de ello es la serie de grabaciones de Mahler que realizo Bernard Haitink (de indudable pericia en el idioma mahleriano) con esta misma orquesta a fines de la década de los ochenta. Los resultados fueron poco satisfactorios debido al insuficiente tiempo para ensayos.

A Rattle le falto el don narrativo, ignorando la arquitectura de la obra y privilegiando ciertos detalles musicales y buscando realzarlos con efectos mas que discutibles (abuso de contrastes dinámicos, por ejemplo), ignorando otros recursos que son esenciales en la interpretación mahleriana: los glissandi, que son los que mejor ponen de manifiesto la peculiaridad de esta escritura y la búsqueda incesante de las fronteras de la tonalidad y las combinaciones crecientemente audaces de timbres instrumentales. Si Mahler compuso para una gran orquesta, era con el propósito de explorar a fondo todas las posibilidades y combinaciones que le llevarían a mejor expresar sus ideas subconscientes, o subtextos, de cada una de sus composiciones.

Por ello no es casualidad que algunos autores (y vuelvo a  referirme a Principe) consideren los lieder de Mahler como el núcleo central de la filosofía subyacente en su producción musical. En síntesis, lo narrativo en la búsqueda de las motivaciones de la psiquis.

Y en ello radica la complicación de la interpretación mahleriana: la delgada línea que separa la justeza del exceso.  Lógicamente ante la ausencia de estas preocupaciones más profundas por traducir adecuadamente estas obras de gran complejidad, queda lo externo y la gran sonoridad. En este aspecto, el concierto fue un gran éxito.  El publico reacciono al final con una ovacion atronadora que premio a la orquesta, coro y solistas.

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