Se suele decir que para lograr grandes interpretaciones de Bruckner hace falta haber vivido mucho, preferiblemente experiencias al límite que hagan comprender al director esos contrastes extremos y esa mística tan especial compuesta de sublimación y violencia. Todas sus sinfonías son un camino; las implicaciones de las que se partan (peregrinaje de / en vida, peregrinaje de / en muerte) nos muestran multitud de conceptos válidos para estas partituras —un plural que nunca lo fue más— tan especiales.
Vasili Petrenko acaba de ingresar en el selecto club de los directores treintañeros, y cabe pensar con ello que no se halla en su época bruckneriana más idónea si hacemos caso a la anterior sentencia. De todas formas, las armas que permiten doblegar la música del compositor austriaco son muchas y variadas, y el director ruso empleó las suyas…
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