En este oficio de juntar letras estamos acostumbrados a ver muchas cosas. A callar otras tantas. Y a que no siempre se nos reconozca el esfuerzo, como en casi todos los trabajos. Así que acostumbramos a rumiar las miserias en torno a un café o, cuando son más graves, en la oscuridad y con algo más fuerte. Muchas veces acudimos a informaciones y nos ofrecen un canapé, una copa gratis o una breve excursión con la confianza ciega de que perderemos el culo por tan mísera recompensa. Ciertamente los sueldos no son para soltar cohetes pero como nuestro único patrimonio es el nombre, el que tiene dos dedos de frente trata de mantenerlo limpio y bien planchadito.No obstante, entre nuestros pecados figura uno muy grave: un estúpido corporativismo que las más de las veces no nos lleva más que a tapar las manzanas podridas que nos acompañan, que…
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