Bendito sea Antoni Ros Marbà, que nos ha dado una versión del Requiem brahmsiano de las que se guardan en lo más querido de la memoria auditiva: una lectura que parecía pausada pero que, a fin de cuentas, duró los cinco cuartos de hora reglamentarios, porque Ros Marbà comprende que aquí hay que sujetar las bridas de una orquesta y un coro que, mal llevados, tienden a desbocarse, y que hay que hacerlo sin perder el oremus (nunca mejor dicho). Una interpretación cuyos principales aciertos son los únicos posibles: por una parte, la adecuada dosis de tensión brahmsiana, y por otra, la preservación del ambiente de intimidad compartida –esta noche el maestro hizo algo más que dirigir-, incluso en los episodios más monumentales de la obra.Gracias a esos dos conceptos clarísimos se puede, como así sucedió, arrancar la cosa con seguridad y…
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