Se dice comúnmente -si es que se puede considerar patrimonio común lo que se discute entre músicos- que a una buena orquesta se la reconoce desde los primeros compases. Yo conocía a la Filarmónica de Viena, a la que había tenido ocasión de escuchar en registros discográficos e incluso de ver la televisión, como espectador de la retransmisión de los conciertos de Año Nuevo en Viena. Yo ya estaba al corriente de su versatilidad, que le permite alcanzar la excelencia en repertorios muy dispares y bajo batutas muy distintas, como puedan ser las de Zubin Mehta o Ricardo Mutti. Sin embargo, esta era la primera vez que tenía la ocasión de disfrutarla en vivo y en directo, desde una distancia prácticamente mensurable en palmos. En seguida sufrí un desengaño: la orquesta es aún mejor de lo que prometía ser cuando la escuchaba arropado por el…
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