Se cuenta que cuando Richard Strauss asistía a un concierto en calidad de espectador, al finalizar el acto musical se aproximaba a quien había empuñado la batuta y procedía a observarlo e incluso a olfatearlo sin miramiento alguno. Si aún percibía señales de agitación, o la persistencia de cierto color rubicundo en el semblante o bien -esto, sobre todo- un olorcillo bajo el sobaco, concluía: "¡Un aficionado!"Ya en otra ocasión tuve la oportunidad de realizar unos breves comentarios sobre ciertos directores de orquesta; y, en particular, sobre el propio Richard Strauss cuya visión, en un viejo documento cinematográfico, al frente de una agrupación instrumental -con una mano en el bolsillo del pantalón, moviendo maquinalmente la batuta, mirando al techo o consultando su reloj- me había sorprendido en extremo y decepcionado en no pequeña…
Comentarios