Pese a no ser una obra ni mucho menos olvidada, no es demasiado habitual escuchar un Tancredi, y menos en versión de concierto, con el más que sólido aliciente -aunque resulte triste decirlo- de librarnos de esos delirios a los que muchos creadores escénicos nos van acostumbrando. Hoy acudir a escuchar una buena ópera como esta en un auditorio sin escena supone un impagable ejercicio de relax musical, aunque sepamos que nos faltará un elemento importante, el visual, que el público habrá de suplir con su imaginación. Y es que las mentes del patio de butacas funcionan francamente bien cuando no son bombardeadas con creativas y originales estupideces. Reinvindiquemos -¿por qué no nombrarnos adalides de la modernidad con ello en un panorama donde todo vale?- la "no puesta en escena", con el precedente de las felices horas pasadas junto a…
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