España - Andalucía

Audaces fortuna iuvat

Raúl González Arévalo

viernes, 29 de junio de 2007
Granada, domingo, 24 de junio de 2007. Palacio de Carlos V, Manuel García: Il califfo di Bagdad, ópera bufa en dos actos (1813), sobre libreto de Andrea Leone Tottola. Edición crítica de Alberto Blancafort (Iberautor / Instituto Complutense de Ciencias Musicales). Olivier Simonnet, dirección de escena. José Enrique Oña Selfa, vestuario. Alexis Kavyrchine, iluminación. José Manuel Zapata (Isauun, Califa de Bagdad), Milena Storti (Lemède), Anna Chierichetti (Zetulbè), Manuela Custer (Kesia), Emiliano González Toro (Jemalden), Mario Cassi (Cadí), David Rubiera (un juez). Coro de la Orquesta Ciudad de Granada. Les Talents Lyriques. Christophe Rousset, director
Audaces fortuna iuvat [La fortuna favorece a los audaces]. El dicho latino bien puede servir para describir la vida aventurera de Manuel García, pero también la decisión del 56º Festival Internacional de Musica y Danza de Granada de proponer, usando una edición crítica, una de las obras de mayor éxito de uno de los músicos españoles más influyentes en Europa en el primer tercio del siglo XIX.

El Festival granadino es, probablemente, el de mayor solera de España, por trayectoria, por amplitud de objetivos y por logros conseguidos. Resulta lamentable por tanto conocer, leyendo las valientes notas sobre la programación de esta edición, que algunos de los patrocinadores públicos reducen considerablemente su participación en los presupuestos de este año. El montante total -3.733.000 € además de otros ingresos varios- queda muy lejos de sus homónimos europeos, con los que se compite a base de imaginación y talento a raudales. No estaría mal que a raudales llegara también la financiación que en justicia merece. Resulta evidente el atractivo de una propuesta como esta, aunque sea paradójico que aparentemente sea más valorado entre los extranjeros y en cambio las administraciones locales, lejos de potenciar la calidad y la oferta, disminuyan los recursos aportados.



No teman, llegamos a la obra en cuestión. Resulta paradójico que en los ámbitos musicales actualmente Manuel García sea conocido fundamentalmente por haber estrenado el papel de ‘Conde Almaviva’ en El barbero de Sevilla de Rossini -autor cuyos papeles frecuentó- y por ser el padre de dos cantantes míticas, María Malibrán y Pauline Viardot-García. Algunos aficionados con mayor curiosidad sabrán que fue un empresario audaz que llevó la ópera italiana a Estados Unidos y México, y compuso numerosas canciones y obras de gran éxito en Europa.

Pasó por Paris, donde adquirió una enorme fama gracias a su habilidad para la ornamentación, y después a Italia para aumentar el volumen de su voz. En Nápoles compuso este Califfo di Bagdad, estrenado en 1813 en el Teatro del Fondo con una compañía que hoy se antoja mítica: él mismo como ‘Isauun’, el protagonista; la gran Isabella Colbran -antes de convertirse en la musa de Rossini- como su amada ‘Zetulbè’; y Domenico Donzelli como segundo (!) tenor en el papel secundario de ‘Jemalden’. En 1817 reestrenó la obra en París, adaptándola al gusto francés; así, sustituyó los recitativos acompañados por la declamación (posteriormente, en 1820 introduciría además el recitativo cantado, toda una innovación en la época) y compuso un aria para ‘Lemède’.

Extrañamente, las detalladas notas de Francesc Cortès no aclaran por qué versión se opta, Nápoles o París. Tengo la sospecha de que las partes habladas son de la segunda; los ritornelli instrumentales y la enorme agilidad requerida en el aria del protagonista remitirían sin embargo a la capital partenopea, como el “Oiga usted” en español del aria de la soprano en lugar de la coloratura parisina. Imagino que al final se habrá optado por una solución de compromiso.

La obra se sitúa en un momento de cambio. La composición alla turca remite a la moda europea que desde la segunda mitad del siglo XVIII inunda el mundo musical, y tiene su representación más evidente en la obertura. Mozart y Haydn acaban de doblar la esquina. El carácter cómico sin embargo remite a la gran escuela napolitana, con Cimarosa a la cabeza, aunque las agilidades son de factura claramente rossiniana, y hay frases y recursos de origen indudablemente hispánico, un totum revolutum armoniosamente ensamblado. Y si bien la representación no hará pensar en Manuel García como un genio olvidado, no es menos cierto que la obra tiene hallazgos y propuestas más que interesantes. En un momento de recuperación (¡por fin! Lo digo con la boca muy pequeña) del patrimonio operístico español, la obra del sevillano destaca por derecho propio, aunque se trate de un caso único en el panorama nacional.



El Festival de Granada ha hecho las cosas en condiciones, empezando por reunir un reparto homogéneo de alta calidad. Entre todos ellos sobresalió por derecho propio José Manuel Zapata, conocido sobre todo por sus empeños rossinianos, experiencia sin duda preciosa a la hora de rescatar esta parte. La voz del tenor granadino ha ensanchado de un tiempo a esta parte, se nota en el centro y en el volumen, pero no ha perdido rotundidad en los agudos, que dan la impresión de ser más firmes. La habilidad con la coloratura resulta en ciertos momentos pasmosa -dio fe su aria del primer acto- también por las oportunas y difíciles variaciones propuestas en las repeticiones. Añádanse además sus buenas dotes para la comicidad, destacando su simpática gestualidad y complicidad con el público. Resulta difícil pensar en un intérprete más acertado -eso es cantar- y fácil comprender por qué está tan cerca de la primera línea absoluta entre los cantantes de su cuerda. Bravo.

Muy bien Anna Chierichetti como ‘Zetulbè’, con agudos seguros y gran dulzura en los pianissimi, dominio de la coloratura y un canto siempre matizado, tanto desde el punto de vista vocal como también la interpretación. Brilló en su aria y el dúo con ‘Isauun’, el número más famoso de la ópera.

Milena Storti compuso una ‘Lemède’ de gran comicidad y canto seguro -combinación evidente en el aria añadida del segundo acto- que dieron a su personaje un gran relieve. Todo un lujo tener a la estupenda Manuela Custer como la secudaria ‘Kesia’: el dúo con ‘Zetulbè’ y un aria -casi una canzone- de factura bastante simple hicieron echar de menos un encargo de mayor calado, sobre todo a la vista de los excelentes resultados.



Emiliano González Toro lo tenía complicado como secondo uomo, ‘Jemalden’, pero supo salir airoso del empeño e incluso destacar en su aria. Bueno el ‘Cadì’ de Mario Cassi, justamente cómico. Correcto, aunque de canto algo estentóreo, el ‘juez’ de David Rubiera.

Inspirada la dirección de Chiristophe Rousset al frente del excelente conjunto que es Les Talents Lyriques. Sus movimientos, practicamente bailados, levantaron las sonrisas del público, como su colaboración puntual con la puesta en escena. Encontró el ritmo justo para la comicidad intrínseca de la partitura y guió con éxito la disciplinada formación, en la que sólo las trompas naturales supusieron la nota doliente de la noche.

Llama la atención la pobreza de la escenografía por la falta de recursos imaginativos a la hora de ambientar la obra, más aún teniendo en cuenta el incomparable marco con el que contaban. Los andamios sobre el fondo del escenario formaban una pasarela a la que accedían dos escaleras laterales, rompiendo absolutamente la armonía de las líneas renacentistas del majestuoso Palacio de Carlos V. Ciertamente el patio central no es el escenario de un teatro cualquiera, ni tiene sus recursos, pero quizás podría haber sido aprovechado de otra manera. El vestuario, realizado gracias a la colaboración de la Fundación Loewe, exhibió telas de gran calidad, aunque los diseños resultaran entre naïf y sobrios. Correcta la iluminación.



La dirección del Festival ha realizado una fuerte apuesta al emplazar este espectáculo, que no ha sido el más demandado en taquilla, en la apertura, pero no cabe duda de que era la mejor manera de llamar la atención sobre la obra y darle el relieve que merece. A estas alturas ya la habrán disfrutado los espectadores del Teatro de la Zarzuela y más adelante los del Palau de la Música de Barcelona. Y para los curiosos que no puedan asistir a ninguna de las citas, Universal grabará una de las funciones. En la Alhambra, por una noche, brilló Manuel García, como demostraron los cálidos aplausos de un público cosmopolita.

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