España - Castilla y León

Poco orgullo familiar

Samuel González Casado
martes, 16 de octubre de 2007
Lars Vogt © Cedida por RFG Lars Vogt © Cedida por RFG
Valladolid, miércoles, 10 de octubre de 2007. Auditorio de Valladolid. Lars Vogt, piano. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Alejandro Posada. Gaos: Impresión nocturna para orquesta de cuerda; Beethoven: Concierto para piano nº 3; Bartok: Concierto para orquesta. Ocupación: 70 % de 1 700
0,0001475 He aquí el pistoletazo de salida para la nueva temporada de Orquesta Sinfónica de Castilla y León, en un concierto donde pudimos gozar de un programa variado y arriesgado. El asunto empezó con la Impresión nocturna para orquesta de cuerdas, obra muy hermosa de Andrés Gaos que se inscribe, según cuentan las notas de Xoán Carreira, en la moda de componer para este tipo de formación promovida por el director y mecenas Paul Sacher. Esa música, fácil de escuchar pero en absoluto adocenada, tuvo una respuesta de la OSCYL apreciable en cuanto a afinación, pero el sonido permaneció en la superficie: le faltó más corazón y garra. Hay oficio pero no entusiasmo. Los primeros violines deberían plantearse salir de su estatismo y contagiarse por un director que tenía las ideas claras e hizo lo imposible por arrastrar a los profesores. Los resultados, con ello, se resienten, porque ninguna buena obra intenta transmitir únicamente corrección. Con los músicos debería pasar lo mismo.

Otra historia fue el Concierto para piano nº 3 de Beethoven, que tuvo como centro de atención al pianista de Düren Lars Vogt, músico sin duda de acusada personalidad. Sus características principales pasan por la gran calidad de su sonido, pleno pero absolutamente alejado del pezuñeo, y la muestra continua de una especie de libertad interpretativa, muy en la línea de la tradición alemana, que llega muy bien al público y alcanza su máxima expresión y expresividad en las partes más líricas (el segundo movimiento resultó tremendamente emotivo).

De todas formas, la profusión de ideas en ocasiones parece evitar que la música se explaye con naturalidad: los silencios son acusados y los acelerones ponen en dificultades al acompañamiento. Ciertas rupturas en las progresiones nos resultaron algo forzadas, como la escisión justo antes del trémolo de garrapateas al principio del 'Largo'. En cualquier caso, las virtudes del pianista evidentemente superan sus supuestos defectos. Y hay que agradecerle sobremanera el conseguir interpretaciones personales y emocionantes en una época en que muchos parecen cortados por el mismo patrón, y también hay que agradecer a director y orquesta el estupendo y camaleónico acompañamiento, con esos marcatos, planificación y rotundidades percutivas tan centroeuropeos. Una auténtica delicia.

La elección del Concierto para Orquesta de Bela Bartok supone siempre un reto para cualquier orquesta. Las calidad individual debe ponerse de manifiesto una vez más y, sobre todo, el concepto de pertenencia a una sección y que esa familia instrumental intente sobresalir orgullosamente, en sana competencia con el resto. No ocurre así en la OSCYL, como en cierto modo ya hemos apuntado con la obra de Gaos: falta 'feeling' entre los integrantes de la sección de cuerda aguda para, por ejemplo, conseguir mayores cotas de precisión en la tremenda ristra de semicorcheas en presto del quinto movimiento. También falta que las maderas exploten más su talento desde su carácter de solista: un poquito más de riesgo no habría venido nada mal. Un pianísimo con color, por poner un ejemplo, se proyecta maravillosamente en la sala. ¿Por qué no aprovecharlo?

Salvo estas salvedades, la versión fue buena. Todo en su sitio, perfectamente pensado por un Posada que madura en cada obra que estudia y que va abriéndose a todo tipo de repertorios con resultados cuando menos apreciables y en muchas ocasiones excelentes. La dificilísima ‘Elegia’ sonó estupendamente, bajo control. Los metales estuvieron magníficos en ‘Giuco delle copie’, intencionados y bien sincronizados y, en general, en toda la obra se transmitió seriedad, estudio y, en ciertos momentos, un arrojo muy necesario que terminó entusiasmando al público, como es normal y como debe ser en una composición que, dada su presencia en el repertorio y la imaginación sin límites de sus desarrollos melódicos y armónicos, para pocos resulta difícil o desagradable, aunque Bartok siempre termine provocando algunas caras perplejas, cuyos dueños son, seguramente, los que peor asimilan haber disfrutado tanto.
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