Ya han pasado varios días y aún no hemos terminado de recuperarnos de la impresión causada por la violinista Hilary Hahn, un prodigio técnico que dejó k.o. al público del auditorio castellano-leonés con ese sonido de afinación ultraterrena y, en general, un dominio descarado de cualquier recurso violinístico que pueda venirnos a la memoria. Éste es uno de esos casos que, como en esas grandísimas cantantes de otra época, imprescindibles en la historia de la música -me viene a la memoria Kirsten Flagstad-, parece no necesitarse otra cosa que el mecanismo se ponga en marcha. El Mozart de Hilary Hahn podría discutirse por esa suerte de estandarización estilística a que somete todo lo que toca, lo mismo que la ‘Brünnhilde’ de la Flagstad, pero me temo que sería engañar y engañarnos (y hacer el ridículo). Quien puede, puede, y mucho tendría…
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