Confieso que siento una especial debilidad por Las Bodas de Figaro. Recurriendo al tópico, si me plantearan el dilema de elegir una sola obra para llevar a una isla desierta elegiría ésta sin dudar. En pocas óperas se da tal conjunción casi perfecta entre texto y música. La partitura es un prodigio que envuelve en una atmósfera deliciosa y el libreto está extraordinariamente bien escrito, con personajes creíbles y un pulso teatral que no decae en ningún momento y que la música de Mozart acentúa aún más (suena casi ocioso hablar aquí del magnífico final del segundo acto).No obstante, además de estas razones, en este montaje, presentado por la ABAO, dentro de su 50ª temporada, creo que hay motivos sobrados para el entusiasmo. Y los hay, en primer lugar, por el excelente trabajo de un reparto equilibrado que realizó un trabajo modélico…
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