España - Canarias

A quien Rattle se la dé, Abbado se la bendiga

Alfredo López-Vivié Palencia
viernes, 8 de febrero de 2008
Daniel Harding © Julian Hargreaves | FIS Daniel Harding © Julian Hargreaves | FIS
Las Palmas de Gran Canaria, viernes, 1 de febrero de 2008. Auditorio Alfredo Kraus. Sveriges Radios Symfoniorkester. Daniel Harding, director. 1 de febrero de 2008: Wolfgang Amadè Mozart: Mauerische Trauermusik, KV 477; Richard Strauss: Tod und Verklärung, poema sinfónico op. 24; Johannes Brahms: Concierto para piano y orquesta nº 2 en Si bemol mayor, op. 83 (Lars Vogt, piano). 2 de febrero de 2008: Daniel Börtz: Anigma; Felix Mendelssohn-Bartholdy: Concierto para violín y orquesta nº 2 en Mi menor, op. 64 (Daniel Hope, violín); Anton Bruckner: Sinfonía nº 9 en Re menor. 3 de febrero de 2008: Jean Philippe Rameau: Suite orquestal de Hippolyte et Aricie; Héctor Berlioz: La mort de Cléopâtre, escena lírica para soprano y orquesta (Malena Ernman, mezzosoprano); Ludwig van Beethoven: Sinfonía nº 5 en Do menor, op. 67. XXIV Festival de Música de Canarias. Ocupación media: 90%
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O viceversa. Porque en el hacer de Daniel Harding (Oxford, 1975) se nota por igual la influencia de sus dos mentores, Claudio Abbado y Simon Rattle. Se le nota en el gesto, que tiene la mano derecha de su paisano -brillante, precisa, fustigadora, muy ‘on the beat’-, y la mano izquierda del italiano -exigente pero no autoritaria, tan atenta a todas las entradas como múltiple en los matices-; y en la cara, que reúne la expresividad de ambos, mezcla del entusiasmo de Abbado y la excitación de Rattle. Harding se mueve muchísimo -faltaría más, a sus insolentes 32 años-, aunque visto y oído el efecto acción-reacción, no parece que ninguno de esos movimientos resulte superfluo.

También están claras las enseñanzas conceptuales de uno y otro. Tal vez en mayor medida las de Rattle, porque Harding deja poco margen a la improvisación que le echa Abbado a sus interpretaciones. El oxoniano sale al escenario con la lección muy trabajada, pero no la aplica con flema británica sino con disciplina inglesa: su batuta se dispara desde detrás o desde abajo como un auténtico látigo que procura el control absoluto de lo que sucede, y apenas tiene necesidad de corregir equilibrios o dinámicas a lo largo del concierto. Eso sí, a diferencia de sus dos maestros, Harding siempre tiene la partitura delante.

Y un poquito más allá de los papeles tiene a la Orquesta Sinfónica de la Radio de Suecia, de la que Harding es director titular desde hace un año, uniendo así su nombre a una lista de ilustres predecesores que incluye desde 1965 -año de fundación de la orquesta- a Sergiu Celibidache, Herbert Blomstedt, Esa-Pekka Salonen, Evgenii Svetlanov y Manfred Honeck. Se trata de la típica orquesta escandinava con muy poco color de conjunto, y de mimbres más bien discretos: la cuerda es muy opaca -los violines tienen cierta personalidad, pero violonchelos y contrabajos pasan casi inadvertidos-; la madera es liviana y un punto mortecina; y el metal -particularmente las trompas- suena pobretón.

Pero da gloria ver la entrega con que tocan, lo cual se traduce en la superación de aquellas carencias a base de empaste. Un empaste que sabe a obediencia con convicción de las instrucciones de la batuta, siempre observadas rigurosamente. Aquí todos reman en la misma dirección -algo que muchos directores no siempre consiguen de sus músicos- y con la misma intensidad desde la primera palada hasta la última, sin mostrar jamás síntomas de fatiga ni de aburrimiento. Y eso se agradece especialmente cuando una orquesta está de gira: Harding y los de la Radio de Suecia no han venido a Canarias de vacaciones, sino para demostrar que saben hacer música juntos y que disfrutan haciéndola.

Y a tales efectos, no cabría imaginar programas -ni resultados- más variados que los tres escuchados en estos días, que abarcan obras escritas desde 1733 hasta 1999. Siguiendo el ejemplo de Rattle, Harding ha devuelto el repertorio barroco a la orquesta sinfónica moderna, y su Hippolyte et Aricie -primero de los éxitos teatrales de Rameau- salió muy adecuado estilísticamente, vibrante de concepto (por descontado, sin vibrato y con ataques ásperos en una plantilla de cuerdas reducida a la mínima expresión). En el otro extremo, Anigma del autor sueco Daniel Börtz (Hässleholm, 1943) son diez minutos -a gran orquesta y a tiempo casi siempre vertiginoso- de música cuyo lenguaje no contiene grandes novedades, salvo que en la actualidad reputemos como tales los saltos interválicos canónicamente tonales en el metal.

En el apartado del clasicismo vienés, la pequeña muestra mozartiana fue posiblemente lo peor de los tres conciertos: entradas poco precisas aparte, la aplicación de los criterios historicistas en ningún caso puede llevar a la ‘inaudición’ de los arabescos con los que Mozart terminaba sus frases. Aunque para fraseo curioso, el del segundo movimiento de la Sinfonía en do menor de Beethoven, cantado con un lirismo y una nostalgia casi melifluos; o la concepción del ‘finale’ (por supuesto, con su repetición), donde la tradicional lucha que asociamos a la música del de Bonn se convierte en una sorprendente variedad de ambientes y tiempos; por no hablar de la caprichosa cadencia del oboe en el ‘allegro con brio’: no hay duda de que Harding –con las sesenta cuerdas de la orquesta- dio ‘su’ versión de la obra.

Para mí, por mucho que digan del ‘Rach-3’, el Concierto en si bemol mayor de Brahms es el auténtico ‘concierto de los elefantes’, tanto para el pianista como para la orquesta. El alemán Lars Vogt defendió bien el mastodóntico primer movimiento -me dan igual las notas falsas si el concepto es serio-, pero luego poco a poco se fue apagando y sus manos perdieron fuerza; por su parte, al Brahms de Harding -no es la primera vez que se lo escucho- le falta carne y le falta tensión: el segundo tiempo debería ser incendiario y apenas saltaron chispas, mientras que en el maravilloso ‘Andante’ al violonchelo apenas se le dio oportunidad de cantar, aunque después los clarinetes salvaron los muebles.

Siguiendo con los solistas, me pareció que a la sueca Malena Ernman le sobran tablas y le falta voz (si bien algunas opiniones autorizadas me advirtieron de la acústica vocalmente traicionera del Auditorio Alfredo Kraus), aunque pronuncia el francés perfectamente; lo cual es una pena, porque La muerte de Cleopatra no es algo que se escuche todos los días, y porque Harding demostró -a pesar de ciertos excesos autenticistas ‘à la Gardiner’- que se sabe su Berlioz, dado con la contundencia y la ventolera requeridas.

De todos modos, en el capítulo concertante fue el inglés Daniel Hope quien se llevó la palma: músico de sensibilidad exquisita y de técnica irreprochable, dio un Mendelssohn lírico y vivo a la vez, rico en lo sonoro y estupendamente fraseado; y además su tocayo estuvo a la altura, con un acompañamiento limpio y sensible. Cierto es que al terminar la interpretación hubo división de opiniones: el tiempo al que se llevó la obra fue de cortar la respiración; como también es verdad que el programa de mano no informaba de que lo que se escuchó fue la versión original del Concierto en mi menor (1844), cuya cadencia apenas dura un tercio de la que conocemos y cuya parte solista está en muchos pasajes una octava más baja (amén de otras muchas y sutiles diferencias, que pudieron provocar cierta perplejidad en parte de la audiencia). En cualquier caso, una interpretación preciosa, redondeada por Hope con una irresistible pieza de Ravi Shankar.

Reconozco que, con los precedentes de Harding que tenía, no esperaba gran cosa de su Strauss ni de su Bruckner. Y me alegra reportar mi yerro. Harding no se inventó nada, y Muerte y transfiguración salió muy bien ‘palpitada’ en cada uno de sus ambientes -ahí está el truco-, y con una muy inteligente clarificación de las texturas sonoras –imprescindible para sostener esos diez gloriosos minutos finales en constante re mayor-. Lástima de oquedad en las trompas, pero qué se le va a hacer. Para la Novena sinfonía de Bruckner, Harding reservó la mejor planificación del aliento orquestal -nada especial en las transiciones, pero las pausas fueron elocuentes-, en una lectura amplia que construyó con eficacia el primer movimiento sin caer en la tentación de acelerar su ‘coda’, que dejó en carne viva el infierno del ‘scherzo’, y que dosificó las fuerzas en las tres explosiones sucesivas del ‘adagio’.

En buena lógica, no cabía ninguna propina en los dos primeros programas. Pero los muy insistentes aplausos del público -bastante silencioso, pues estos días apenas hubo calima en la atmósfera grancanaria, y eso repercute en la buena salud pulmonar del respetable- obtuvieron la última noche el regalo de un acertadamente dramático Coriolano.

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