Dimitri Sitkovietski, artista en residencia de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, vuelve a la carga con un programa estrictamente ruso con el que a priori se le supone afinidad. Desde luego, la orquesta suena equilibrada y ordenada bajo su batuta, pero poco más se puede decir, y de ahí el título de esta crítica: aunque nos exprimamos las meninges pocas ideas se nos ocurren sobre el estilo de estas interpretaciones. Y es que Sitkovietski, salvo excepciones, no demuestra ningún rasgo de personalidad u originalidad en lo que dirige: los tempi no son ni lentos ni rápidos, el fraseo suena de lo más estándar, plano, apático... No observamos entusiasmo ni motivación en la orquesta, y los marcados gestos del director no tienen un correlato lógico en lo que escuchamos.En el bellísimo poema sinfónico de Anatol Liadov El lago encantado…
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