De repente, durante el tercer movimiento de la Octava de Schubert, Günther Herbig se bajó del podio en lo que parecía una arremetida de justa medieval, batuta en ristre, contra los músicos de la Orquesta de Valencia. Tampoco es que lo estén haciendo tan mal -pensé rápidamente para mis adentros- y al fin y al cabo él es el último responsable de lo que está sonando. Pero no fue más que una anécdota: el director calculó mal las distancias y bajó de su tarima dando unos pocos trompicones. Pronto volvió a su puesto y nadie perdió el hilo. Estupendos reflejos para una persona de setenta y siete años.
El lance no merecería otra calificación que la de mero chascarrillo de no ser porque de alguna forma se convirtió en una metáfora de lo que ocurrió musicalmente sobre el escenario. Herbig hizo una Grande discontinua, casi trompicada. La verdad es…
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