Hubo un momento del concierto, al inicio de la Patética, en que los músicos de la Sinfónica parecieron elevarse unos centímetros de sus asientos. Pudo ser una ilusión óptica de quien escribe o, sencillamente, porque aquellos se irguieron en un gesto tan simultáneo como involuntario al sentir ese pellizco de emoción que a veces salta entre el podio y los atriles y del escenario a la platea. Lo cierto es que, a partir de ese instante, la sensación de estar escuchando en vivo una versión inolvidable de una de las obras más emotivas de la gran música sinfónica se apoderó de todos hasta mucho tiempo después de acabar el concierto. Los músicos estaban 'agotados pero felices'. Por dos veces, los profesores de la OSG desobedecieron la orden de levantarse a saludar que les dio Ricci, para que el gran director italiano recibiera él solo la gran…
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