Fue como si Lorin Maazel comenzara la velada con una dirección diríase que con resaca y, misterios de la vida, la terminara con un 'puntito' la mar de bueno. Vaya usted a saber el porqué. Lo mismo ocurrió que el poco ejemplar comportamiento del público (nada nuevo, por otra parte: toses estratégicas, aplausos heterodoxos, sorprendentes evacuaciones de la sala) lejos de enfadarle, le estimuló: ¡De acuerdo, pues si queréis chikichiki del fetén, tomad estos valses de El caballero de la rosa! Si incluso, mediada la segunda parte, llegó a sonreír abiertamente… Que sí, que sí, que hasta los dientes le vi yo.O quizá fuera que el estadounidense dirigió Mahler como si la batuta la llevara Strauss (me refiero al Strauss mecánico y aristocráticamente funcionarial de ese impagable capítulo que le dedica el documental El arte de dirigir) y Strauss…
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