(A C.)Hago memoria y observo que casi siempre he tenido algún motivo en particular para asistir a una representación de La Traviata. Unas veces, porque la dirigía Carlos Kleiber, como en Munich, en junio de 1975 o en Florencia, en diciembre de 1984. En Munich, Ileana Cotrubas y Jaume Aragall dieron lo mejor de si mismos hechizados por la vibrante y ensoñadora batuta del añorado maestro. Aún recuerdo detalles de aquella representación, como que el nostálgico y apasionado dúo ‘Parigi, o cara’ que hizo que se le saltaran las lágrimas a mi inolvidable y muy amada acompañante de aquella inolvidable velada; o el olor a las violetas frescas del lujoso decorado que inundó el teatro cuando se abrió el telón para dar paso a la escena de la fiesta en el palacio de Flora (al poco de aquella función, Kleiber se hartó literalmente de las…
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