"Si este es el mejor director del mundo y la orquesta una de las mejores, nos quejamos de vicio de la Nacional y de Frühbeck" comentaba una simpática señora en el descanso del concierto. No era la única descontenta de las peculiares versiones de las sinfonías de Brahms ofrecidas por Maazel.
Al final del concierto, entre los clamorosos aplausos, se escucharon sonoros abucheos que no parecieron afectar al bien consolidado ego del director de orquesta franco-norteamericano quien, en esta ocasión, mostraba un saludable aspecto y ánimo exultante. Lo cual tranquilizó no poco a quienes en anteriores ocasiones habíamos expresado nuestra preocupación por la salud de Maazel a partir de su aspecto estuporoso y torpeza de movimientos, así como de la muy escasa concentración mostrada en el podium.
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