Entre las notabilidades del piano, los hay que merecen el título, generalmente reservado a las grandes figuras de la ópera o el cine, de divo. Isidro Barrio, más que un pianista, es un divo, pero entiéndase este calificativo no ya sólo aplicado al piano o a la música en general, sino al arte en su más elevada expresión. Amén de una técnica soberbia, de una musicalidad fuera de serie, descuella por su distinción a la hora de presentarse ante el público y la adusta elegancia de su figura, reminiscente de esos caballeros que retrataran pintores como El Greco, en un romanticismo avant la lettre, o, ya en el siglo XIX, Federico de Madrazo. Y cuando mentamos a Madrazo no lo hacemos a humo de pajas, pues a Isidro Barrio le rodea esa misma aureola de romanticismo que nimbaba a los aristocráticos modelos del Ingres español. Son ya legión los que…
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