Es complicada la labor de un crítico musical cuando hace la reseña de un concurso como este. Casi inevitablemente se contagia del entorno competitivo que le rodea y escucha a los pianistas como si fuera un jurado paralelo. De hecho, casi todo el mundo a su alrededor lo hace: los desconocidos compañeros de butaca expresan su opinión abiertamente sobre la calidad de cada una de las interpretaciones y hacen apuestas sobre la terna de ganadores, los contactos sociales con otros periodistas musicales giran sobre el mismo tema, y por momentos parece que todo el mundo en Santander tiene su juicio hecho -a veces basándose en motivos no estrictamente musicales- y sólo ansía poder exponerlo públicamente.
Ese era el ambiente en un Palacio de Festivales lleno: expectación, competitividad, y un deseo más o menos evidente de que el pianista que cada…
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