A mediados del s. XX, cualquier intérprete se permitía alterar las obras con interpretaciones muy personales de una partitura o de sus indicaciones, añadiendo o suprimiendo adornos, o incluso notas y pasajes enteros a su gusto o conveniencia. Se cuenta de un profesor de guitarra en un conservatorio que, delante de sus alumnos, disimulaba sus carencias de mecanismo con el consejo “y esto se resuelve con un elegante ritardando”. Luego llegó la ola historicista, que tuvo como consecuencia una digna escuela de interpretación “históricamente informada”. Pero también, junto a la menos digna secuela de intolerancia, otra de estrictas y frías lecturas “de la letra” conocida, por encima “del espíritu” sentido o intuido de la música.El joven Ivo Pogorélich que visitó A Coruña hace tiempo era como una máquina de mil dedos que daba todas las notas…
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