Uno, por razones de edad, ha vivido ya cuatro cónclaves para la elección de Papa. El primero, en el otoño de 1959, me pilló de adolescente y dejó grabadas profundas huellas en mí. La primera consistió en el hecho mismo de que muriera un Papa, y no uno cualquiera, sino nada menos que Pío XII, con aquel aire suyo siempre tan mayestático. Esto me hizo sentir la fugacidad inherente a todo aquello que creemos perpetuo, lo que, con los años y la inestimable ayuda de Don Luigi Pirandello, ha venido a dar en una especie de irónico relativismo existencial que, mal que bien, ayuda lo suyo. La segunda, más o menos de la misma índole que la anterior, fue el método de comunicación al exterior de los resultados de las supuestamente secretas () votaciones del cónclave.El método, ciertamente ingenioso, consiste en quemar las papeletas en una estufa cuya…
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