Gergiev tiene al dirigir esa gestualidad de marioneta que también se le observaba a Furtwängler. El cuerpo ligero, a veces saltarín, como si un titiritero pegara un tirón de los hilos y el director ya no estuviera encarado con los primeros violines, sino, de repente, con los violonchelos. La mano derecha, sin batuta, temblorosa, como la de un rapero trémulo. Una mano cuyas oscilaciones crean una suerte de corriente que mantiene en vilo a los músicos de la orquesta.Y la orquesta no puede sacudirse el buqué del foso, un perfume que suena a suave encajonamiento teatral y a espacio nítido y levemente frío. Su disposición tiende al desequilibrio, pues la transparencia de estilete que muestran los agudos, todos vencidos hacia la izquierda del escenario, se impone sobre la rotundidez de los graves, situados a la derecha (se echó de menos el…
Comentarios