Como era previsible asistimos a otra velada exitosa para el Festival en cuanto asistencia, con una sala del auditorio repleta y una expectación en los momentos previos al concierto que, a diferencia del día anterior, no era abierta y confiada sino cargada de las naturales reservas que suscitaba la inminente escucha de una de las más conflictivas -y menos conocidas- sinfonías de Mahler. En esta ocasión, se esperaba que la fama y la calidad de los intérpretes fueran suficientes para sortear los prejuicios creados en torno a una obra de difícil concepción y aprehensión, cuya duración media estimada ronda la hora y veinticinco minutos. Una duración acorde con los cánones habituales de la interpretación y ajena, al parecer, a la visión aportada por Lorin Maazel. Los quince minutos aproximados, añadidos de más, supone un dato suficientemente…
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