Con un par de palabras calificaríamos rápidamente el último concierto que tuvo lugar en el Palau valenciano: muy bueno. Daba dolor de corazón observar asientos sin ocupar en la sala, pues cada hueco anunciaba que alguien se estaba perdiendo una dosis de belleza. Además, tras el intermedio las ausencias aumentaron. ¿Fútbol obliga? ¿Bartók descompone? Quién sabe, pero a buen seguro, dentro de pocas fechas, cuando la Filarmónica de Viena nos visite, habrá bofetadas para poder entrar a escucharla. No importará el precio ni el programa que interpreten. Y no es que los varones vieneses no se lo merezcan, pero ¡caray con los húngaros (y las húngaras)! ¡Qué musicazos! ¡Cómo se lo creían! ¡Qué manera de disfrutar cumpliendo con su trabajo! Sin duda su predicamento debería subir enteros por estos lares.Estaba anunciado que la velada se iniciaría…
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