El programa que se proponía para la inauguración de la temporada de invierno en el Palau valenciano, si no innovador, estaba, en principio, bien pergeñado. Nada mejor para preceder a un concierto mozartiano que la obertura de una de sus propias óperas. La de La flauta mágica debía habernos introducido en ese ambiente fascinante donde se ha de dirimir un drama, protagonizado en este caso, no ya por los actores cantantes, sino por el actor piano y su complemento, la orquesta. Tras la esperada apoteosis de la solista, quizá enaltecida con alguna propina, una juvenil, fresca y directa sinfonía de Schubert nos habría mandado a todos a casa con una sonrisita complaciente.
Todo en vano, pues la sonrisa se trocó en mueca. Sería injusto atribuir en exclusiva el desagrado al grave desliz de la pianista en el tercer movimiento del concierto, y puede…
Comentarios