Todavía es pronto para saber mucho más de lo que estrictamente se ve en escena. Rafael Urbino y Emilio Pradillo han hecho una primera apuesta muy decidida. Todo en escena es rotundo: el espacio de la sala desnudo, el camino de arena, las bolsas de agua, las cuerdas con los palos. La forma de bailar también es rotunda pero en algunos momentos resulta excesiva. La rotundidad de todos los movimientos es aplastante. Parece que existe un claro deseo de controlar todos y cada uno de los elementos y esto en un principio es una muy buena señal. El problema aparece cuando ese control se intenta ejercer mediante una expresión de fuerza exagerada. Entonces, los matices se pierden, así como el desarrollo de ciertos motivos y hallazgos realmente felices. Y es una pena. Tanto derroche de energía parece dejar sin contar demasiadas cosas, a pesar de que…
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