El Palau de les Arts repone y Maazel controla y se las pira. Así es la vida. En la misma medida en que las arcas del primero menguan, las del segundo, repletas, ponen tierra de por medio. Maazel se va. Deja para el recuerdo una Turandot magistral en muchas de sus partes. Impresionante, por ejemplo, su arranque: amplio, no ampuloso; solemne, no codificado; tenso, no crispado; lento, no pesado; expresivo, sí, tremendamente expresivo, si no expresionista. Mantener ese nivel a lo largo de toda la representación habría matado al público del gusto y a los músicos de la exigencia. Pero como al norteamericano veteranía no le falta, supo enfatizar los puntos esenciales del drama, de tal suerte que a cada fin de acto llegábamos con la boca abierta y relieve en la piel.Su principal correa de transmisión fue, una vez más, la orquesta que ha creado y…
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