España - Galicia

Contrastes

Julián Carrillo
lunes, 11 de mayo de 2009
A Coruña, viernes, 24 de abril de 2009. Palacio de la Ópera. Orquesta Sinfónica de Galicia. Kaori Muraji, guitarra; Raquel Lojendio, soprano. José Ramón Encinar, director. Programa: Antoni-Ernest Sebastià Torrent, Angelus Novus; Joaquín Rodrigo, Concierto de Aranjuez para guitarra y orquesta; Manuel de Falla, El sombrero de tres picos (ballet completo)
0,0001269 Fue un concierto de contrastes. En primer lugar entre las obras de un programa en el que se unía el estreno absoluto de una obra plenamente actual con las dos más conocidas, probablemente, de la música española. En segundo, los interpretativos: la multiplicidad de atención requerida por la gran complejidad de la obra de Falla y la extrema de la obra en estreno y la tersura de línea interpretativa que demanda la de Rodrigo.

La Orquesta Sinfónica de Galicia realizó el estreno absoluto de Angelus Novus, Premio Deputación da Coruña Andrés Gaos 2007, obra de Antoni-Ernest Sebastià Torrent (1960). El autor es un fruto típico de esas excelentes bandas que proliferan por todo el Mediterráneo español. Nacido en Amposta (Tarragona), hizo sus pinitos en la música y en el clarinete en La Lira Ampostina, la banda de su ciudad natal. Luego estudió en el Conservatorio Municipal de Barcelona, en cuya Banda Municipal ganó por oposición una plaza de clarinetista.

Angelus Novus es, como antes decía, una obra muy compleja, inspirada en cuadros de Paul Klee, y está escrita muy minuciosamente, algo de lo que puede dar una idea el hecho de que cada músico de las secciones de cuerdas tiene su propia partitura. El resultado final es una obra de muy agradable escucha, con creación eficaz de ambientes sutilmente diferenciados, buena variedad rítmica y gran riqueza tímbrica, matizada por la luz de breves apariciones melódicas.

Kaori Muraji, que en su país es una superventas de discos, tiene una técnica de gran limpieza y toca con una fluidez realmente envidiable por poco frecuente en el instrumento. Aspectos técnicos que, siendo siempre necesarios, nunca son suficientes artísticamente, pero que sobresalieron en demasía en este concierto. El resultado final fue una versión entre fría y distante del Concierto de Aranjuez. Su exceso de academicismo dejó los movimientos extremos privados en buena parte del carácter deseado por el autor, basado en la relación de la realeza española del momento con el pueblo. Es decir, una especie de aristocracia perfumada de casticismo.

En el ‘Adagio’, la pieza más famosa, divulgada y hasta vulgarizada de la música española, tuvo más empeño expresivo y se intuyeron intentos de mayor calidez. Para ello empleó un tempo excesivamente lento (alrededor de 36/38 negras por minuto en vez de las 44 indicadas por el autor) y unas variaciones de tempo algo caprichosas y siempre exageradas. Los excelentes solos de los músicos de la OSG, imprimieron a la obra su mejor y más genuino carácter. A destacar, los de corno inglés por Scott McLeodd en su visión llena de sentimiento del tema principal del Adagio, el de Ruslana Prokopenko al violonchelo en el Allegro con spirito inicial y los de Steve Harriswrangler al fagot.

La versión completa del ballet El sombrero de tres picos aporta una miríada de detalles y matices de carácter, buena parte de los cuales desaparecen en las suites sinfónicas. Desde el canto inicial, bien expresado por Raquel Lojendio, hasta la gran Jota final, toda su sutil ironía y su gracia expresiva fueron expresadas y bien puestas en valor por una Sinfónica de Galicia en estado de gracia, bien gobernada por la mano de Encinar. Su soberbia orquestación, ese tesoro que el genio de Falla descubrió en sus años parisinos, fue ricamente traducida por el gran talento que Encinar tiene para situar en su sitio cada línea melódica o plano sonoro de una de las obras sinfónicas más complejas y difíciles del repertorio. Los solos, todos espléndidos; citar sólo algunos sería injusto. Pero los olés y las palmas de la introducción, ejecutados por tan sólo cuatro músicos del grupo de percusión tuvieron más de pobreza dinámica que de juerga flamenca en lontananza.
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