Los éxitos y fracasos de los espectáculos líricos obedecen a una lógica que tiene sus reglas. La primera es que cuando las representaciones se plantean con inteligencia, seriedad y diligencia, existen muchas probabilidades de que el público reaccione con estima ante la obra bien hecha. Si además se cuenta con una ópera magnífica, puesta en escena con rigor, imaginación y buen gusto, en suma, con respeto al espíritu y la letra de la composición, y servida por artistas entregados a su quehacer, y capaces de comunicar el entusiasmo que sienten ante la buena marcha de la representación, no debe extrañar que la acogida final sea algo más que un simple "succès d'estime" y se convierta en calurosa y entusiasta ovación, y que las salidas a saludar de los intérpretes se repitan durante varios minutos. Tal sería el resumen del estreno de la…
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