Permítanme, lectores de Mundoclásico, que deje por un momento mi tribuna de crítico del Teatro de La Zarzuela y, encaramado a las alturas del Real, reflexione –más vale tarde que nunca– sobre la última incursión que el magno teatro, entre tumbo y tumbo de su programación, ha hecho en los lares de la lírica española. Mis colegas de Mundoclásico también me conceden estas líneas que recogen la última producción de Las Golondrinas barruntando –con intuición certera– que el asunto se debiera enfocar quizás desde la perspectiva del género zarzuelístico. La papeleta no es sencilla y debo empezar dando la razón a su olfato: como es bien sabido, Las Golondrinas se crearon en unos meses de 1914 como zarzuela (o sea, con partes habladas), así las firmó Usandizaga, así las dejó y así se quedaron hasta que en 1929, catorce años después de la…
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