Con la música de tres maestros franceses la OFGC dio por concluida su temporada. La noche se abría con el más célebre de los conciertos de Saint-Saens. Música que guarda las formas de la mano de un director que no suele asumir riesgos y de un pianista que, como buen intérprete francés, entiende y realiza su función con el característico distanciamiento, siempre al servicio de la pulcritud técnica, y nada más. Aún así, entusiasmó al público el cuidadoso y milimetrado aspaviento del que hizo gala el solista, intentando en lo posible remarcar los puntuales -y escasos- momentos brillantes de la obra, haciendo con ello un flaco favor al prurito académico del compositor. Por su parte la orquesta realizó su papel en este diálogo según lo previsto: diáfanas y claras las cuerdas y vientos-madera en su intercambio dialogante con el piano durante…
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