Auditorio medio lleno (¿o medio vacío?) para recibir a Pascal Rogé, uno de los propagandistas de la música francesa y el verdadero protagonista del concierto fuera de abono. Público distraído y, esto es lo malo, dispuesto a distraer a los demás, en lo que pareció "el concierto de los ruidos" por lo poco afortunado. Cuando el director dio la respiración, antes del primer ictus, un teléfono móvil hizo acto de presencia levantando las iras del respetable. Aún cuando el Auditorio Nacional debe ser la sala de conciertos donde más veces se recuerda (localidades, acceso a la sala, programa de mano...) que hay que desconectar semejante aparatito, provisto de horrendas sintonías para más INRI. Era el presagio de un continúo de ruidos molestos que reinaron en el patio de butacas: toses exageradas entre los números de "Mi madre la oca", comentarios…
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