Un espacio de aspecto privado y unas sillas amenazantes. Amenazantes porque ponen en cuestión nuestro lugar como espectadores: ¿y si nos hubiéramos confundido de sitio y realmente nuestro sitio está allí dentro, en ese lugar de apariencia privada?. Todas esas sillas vacías, reclaman su ocupante. Y bajo esta amenaza constante es imposible sostener la privacidad del lugar. Por eso la sola idea de cambiar de sitio transforma ese espacio en algo público o, al menos, semipúblico. Como mostró Pina Bausch en su Café Möller, las sillas tienen su peligro...Así, de lo que se trata es de guardar la apariencias: mientras tengamos unos mínimos elementos, estaremos tranquilos: un sofá, una alfombrita, unas lámparas como de casa y una pareja normal... Con que nos den unas mínimas pistas, nosotros los espectadores nos conformamos. Ya luego nos las…
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