George Steiner, el extraordinario ensayista, escribe en su obra Presencias reales que todo arte auténtico apunta a la trascendencia. Más aún, añadiremos: toda obra o experiencia humana que desborde la rutina-de-lo-cotidiano-meramente-instrumental se adentra en el territorio de lo sagrado. Pero no nos confundamos: lo sagrado, tal como aquí lo decimos, no es, aún, lo religioso (y menos todavía lo religioso institucional). En todo caso, es la pre-condición de las religiones constituidas, que se nutren de lo sagrado en sus aspectos más puros, y otras veces lo manipulan, poniéndolo al servicio de la institución, “humana, demasiado humana” en el peor de los sentidos. Si aceptamos esta precisión, entonces lo sagrado, la trascendencia, o mil voces equivalentes (Octavio Paz lo llama la otredad; el brujo yaqui Don Juan Matus que nos presenta…
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