El reto no era sencillo. Trasladar la carga de transgresión, provocación social, y chispa barriobajera, nacidas del efervescente Berlín de finales de la década de los años 20, hasta el Madrid de nuestros días no es tarea cualquiera. Y a pesar de la ilusión palpable en el equipo, el empeño se ha quedado a medias. La explotación a pequeña escala, la extorsión, la pobreza, la hipocresía social, el abuso, el amor, los celos, el descaro callejero y el ingenio popular son temas universales que se dan cita en este clásico, y la música que Weill compuso en 1928 fue el vehículo que entrelazaba desvergonzada y poderosamente tales asuntos. A día de hoy la música ha perdido el punch del que gozaba en los años 20, y el enfoque marxista de Brecht requeriría, cuando menos, matizaciones. Si a todo ello le añadimos un planteamiento escénico algo ingenuo…
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