Un vistazo al cartel de esta noche era ya indicativo de algo fuera de lo normal: en la primera parte, el más hermoso de los conciertos para violín (con permiso de Sibelius) y encima con un protagonista de máximo relumbrón; en la segunda, una sinfonía breve que la Real Filharmonía tiene en los dedos desde hace tiempo; y ninguna pieza de aperitivo para conformar un programa tradicional. Ergo cabe pensar que el maestro había decidido que en los ensayos iba a volcarse en proporcionar a su solista el mejor de los acompañamientos. No lo consiguió. O al menos, no del todo. Ros Marbà siempre saca sobresaliente en gramática brahmsiana y conoce al dedillo los secretos que gobiernan el uso del lenguaje del gran Johannes: contundencia del verbo en las oraciones, lirismo concentrado, empleo generoso de los acentos, y sobre todo esa tensión continuada…
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